COMUNICACIÓN

Deslumbrante. Es el adjetivo más descriptivo para definir como vi a Luz esa tarde. Abrió la puerta del salón y se quedó en el umbral, como una aparición. Se quedó allí sujetando la puerta  con el firme propósito de no entrar hasta dentro.

Me giré a mirar por simple impulso, sin ningún propósito y sin ningún interés. Estaba sentado en la butaca ojeando la prensa y sin prestar demasiada atención a unas noticias que por repetidas en el tiempo, me causaban hastío, pereza y mal humor.

No puedo saber con certeza cuál fue mi expresión al verla, pero sí que intuí una reacción en ella al notar como la miraba, de hecho, se hizo un silencio de un par de segundos que definía por ambas partes cierta perplejidad del momento.

Llevaba un vestido de manga larga color violeta, entallado hasta las caderas, pero sin pegarse a su cuerpo, luego se ensanchaba en forma de vuelo hasta por encima de sus rodillas. Sus piernas lucían naturales con unos botines negros de media altura. Su cuello estaba tapado por un gran pañuelo blanco salpicado de florecitas violetas. En su brazo izquierdo colgaba una prenda gruesa de colores vivos, de lo que deduje era un abrigo. Desde luego, un vestuario que yo no conocía.

Hacía tanto, tanto tiempo que no la había visto así… que fue una visión que me dejó bloqueado durante un rato. Su media melena recogida siempre en una coleta descuidada, ahora estaba suelta, con brillo y parecía tener vida por sí misma. Su rostro y sobre todo sus ojos desprendían luz, tan acostumbrado a su palidez y sus ojeras. El discreto maquillaje, el color con el que avivó sus labios y la habilidad para destacar los ojos que ahora se mostraban alegres y vivos… hizo en mí, momentos después de que ella se fuera, recordar su juventud, que por unos segundos revivió en el umbral de la puerta del salón.

Luz solo dijo:

─ Me voy, he quedado con las chicas para ir al cine. Adiós.

LUZ

Llevaba dos semanas acondicionando mi cuerpo para la cita que esta tarde iba a tener. Después de comer recogí la cocina como siempre, subí a mi habitación y ordené cuidadosamente mi escritorio. Me cercioré de que todo estuviese en su sitio o al menos, dónde yo quería que estuviese.

Me fui al baño y empecé un ritual que hacía años no practicaba con tantas ganas. A la vez que me depilaba, me había puesto una mascarilla en la cara que según rezaba en el prospecto me iba a dar elasticidad a la piel, se borrarían los signos de cansancio y aportaría un rejuvenecimiento instantáneo a mi rostro. Lo cierto es que los resultados fueron asombrosos. Claro que así me costó la dichosa mascarilla, por no contar a mayores la crema hidratante, borrador de ojeras y un largo etc. de potingues que me di para que mi aspecto mejorase.

No reparé en gastos. Una semana antes me había molestado en buscar asesoramiento sobre todos los productos para  mi cara, mi cabello y mi cuerpo. Lo compré todo y todo lo más caro.

Luego seguí por mi vestuario y lo tenía claro, algo sencillo, muy sencillo pero a la vez extraordinario, solo unas cuantas prendas, todo nuevo y a estrenar. Ropa interior, calzado, vestido, accesorios y abrigo. Me costó dar con lo que buscaba, me costó encontrar las prendas que necesitaba para tener el aspecto que en mi mente se había dibujado, pero creo que finalmente lo conseguí.

Estaba pletórica e ilusionada y asombrosamente tranquila. Después de tanto tiempo deprimida y desesperanzada, guardando un sentimiento tan fuerte y profundo, por fin había llegado el momento en que mi vida cambiaría de rumbo y mis sueños y fantasías iban a tener la oportunidad de materializarse. No tenía ninguna duda de que de una manera u otra, algo maravilloso iba a pasar.

Quedé con Juan en una cafetería céntrica de la ciudad, al entrar le vi enseguida, estaba al final de la barra. Habían pasado ocho años y su porte era el mismo, le hubiese conocido enseguida entre una multitud de gente. Antes de que llegase a su encuentro, se dio la vuelta y esbozó una gran sonrisa. ¡Madre mía! Cuanto echaba de menos esa sonrisa. Un poco más tarde me pude fijar que apenas había cambiado, el pelo más corto y totalmente canoso pero en su rostro apenas se notaba el paso del tiempo.

Increíblemente no estaba nerviosa y claramente notaba la alegría de ambos por nuestro encuentro. Sin embargo, quizás por el tiempo transcurrido, se impuso al principio una cordialidad llena de rectitudes que poco a poco fue dando paso a conversaciones mucho más distendidas. Evidentemente hasta llegar a ser nosotros mismos, tal y como yo lo recordaba.

Grandes compañeros de trabajo, siempre facilitando el uno al otro la tarea o cualquier contratiempo. Manteniendo conversaciones de todo tipo, riéndonos de la vida, ayudándonos, compartiendo el espacio y el tiempo. Mucho tiempo estando siempre juntos.

Lo tenía todo planeado, unas cervezas y le propondría una cena en el lugar que con premeditación había escogido. Ahí, previsiblemente se desencadenaría la mejor situación para aclarar aquello que tanto tiempo llevaba oculto en mis entrañas.

─ ¿Conoces La Belle Cuicine?  ─le pregunto.

─ No. No he estado, aunque sí que he oído hablar. ¿Por qué?

─Bueno, si te parece podríamos cenar algo allí, su menú es una maravilla y el sitio es una pasada.

─ Pues… verás, no quiero liarme mucho, mañana tengo que estar en Madrid a las nueve. He quedado allí con mi hijo. Mi intención era picar algo por aquí e irme pronto. Pero bueno, otro día con más tiempo vamos,  ¿te parece?

─ ¡ah… claro! Solo era una sugerencia. Otro día, claro ─le digo sin que parezca estar decepcionada.

Entramos en una tasquita y nos sentamos en una mesa que había libre. Pedimos cervezas y unas tapas. Mi cabeza era un hervidero, tenía que ser ahora o nunca y no quería dejar pasar esa oportunidad. Ahora sí empezaba a ponerme nerviosa.

─ ¡Como me alegro de verte, echaba de menos hablar contigo! Siempre nos hemos caído bien ¿no? ─él asiente con la cabeza, me mira directamente a los ojos y en sus labios se dibuja una medio sonrisa terriblemente seductora, añado─. Creo que entre nosotros ha quedado algo pendiente, pues estoy segura de que podría haber surgido algo más.

─ ¿Algo más? ─ dice él aún con la sonrisa puesta pero algo más desdibujada y un gesto claro en su rostro de interrogante.

─ Si. Al menos yo pienso que sí ¿tú no?

Sigue mirándome fijamente a los ojos, pero su semblante cambia, se ha quedado serio y sus pupilas recorren con gran velocidad las expresiones de mi cara. Se impuso un silencio profundo durante muy pocos segundos que a mí me parecieron una eternidad.

─ No. Nunca se me ha pasado algo así por la cabeza. Luz, espero no haberte molestado dándote esa impresión, porque lo cierto es que jamás he pensado en ti de esa forma. ¿En algún momento te lo ha parecido a ti?

─ ¡ah! ─digo sin poder pronunciar una palabra más y retirando mi mirada de sus ojos hacia el infinito,  no pude disimular mi incertidumbre y vergüenza.

─ No sé qué decir. No sé porque me lo preguntas  ─me dice.

─ Pues… ─vuelvo a mirarle y él no ha cambiado su expresión, está serio y me mira fijamente a los ojos─. ¿En serio, nunca se te paso por la cabeza? No sé… no hablo de enamoramiento, o… puede que sí. Quizás alguna vez me has deseado, creo que en alguna ocasión hubo algo de flirteo o esa impresión me dio ─consigo decirle al fin.

─ Pues no Luz, de verdad que no. Para mí has sido una gran compañera, la mejor, y con el tiempo te he considerado amiga, pero te aseguro que lo que dices… solo lo viste o lo sentiste tú. Además… ─se calla, me retira la vista y baja su cabeza─. Bueno, verás…  Me divorcié como ya sabes pero lo que no te conté es que ya mantenía una relación por entonces. No quería contarlo porque ella también estaba casada. Ahora es mi mujer, desde hace tres años.

Ahora no puedo apartar la vista de sus ojos. El silencio, ahora sí es denso. Sé que estoy seria y que por mis ojos empiezan a humedecerse, pero estoy inmóvil, mi mente se ha quedado bloqueada, al igual que mi cuerpo.

─ ¡Por Dios Luz! No me digas que… joder! No lo sabía. De sospecharlo, te lo hubiera dicho ─otra vez se calla, me retira la mirada y ladea su cabeza─, pero en aquella época… por cierto durísima para mí, aún lo mantenía en secreto.

─ En secreto lo he mantenido yo, durante aquellos años y todos estos años restantes. Me enamoré de ti Juan, me enamoré perdidamente de ti y perdida sigo ─estallo en un sollozo que por momentos era inconsolable.

Estuvimos allí sentados más de una hora, hasta que mis lágrimas se secaron y mis nervios y estado de ansiedad se aplacaron un poco.

Yo me quería ir, pero Juan no me dejó. Me dijo que así no me dejaba entrar en casa, por lo que después de un largo paseo que me vino bastante bien y en el que hablamos de cosas más triviales, entramos en un bar. Según lo hablado, tomaríamos la última cerveza con una ración de “huevos al monte” que según él, reponían y levantaban el ánimo a cualquiera.

Acepte a regañadientes, lo cierto,  es  que tenerle a mi lado ahora, era tremendamente duro.

Nos quedamos en la barra. Al fondo la sala se ensanchaba dando lugar a un comedor amplio que se intuía lleno. Juan se excusó para ir al baño y yo me quedé con la mirada fija en el infinito hacia aquel comedor.

De pronto y al mover la vista, algo llamo mi atención. Evidentemente, sentada en una mesa del comedor estaba Ana.

Ana es una de mis amigas del alma desde la juventud, solo ella y Sofía sabían mis sentimientos por ese hombre. Solo ellas sabían que mi vida conyugal era un fracaso desde entonces y solo ellas sabían que hoy… había quedado con Juan. Supuestamente estaba con ellas en el cine.

Ana estaba muy entretenida mirando su móvil y sé que no me había visto. Yo sentí un alivio inesperado al verla, como una salvación. Aunque estaba más tranquila, necesitaba a alguien muy cercano a mi lado y evidentemente, solo podía ser ella, Sofía o ambas a la vez.

Me dirigí enseguida hasta donde estaba.

─ ¡Ana!

─ ¿Luz? Pero… ¿Qué haces aquí?

─ Bueno, las cosas no son…  no han salido como las imaginaba. ¿Estás con Sofía? ─Le digo apurada y nerviosa.

─ No, no. Me voy ya, había quedado con alguien pero no va a venir. Ya te contaré, pero ahora me tengo que ir.

─ Necesito estar contigo, necesito hablar contigo. Por favor, estoy con él aquí, pero se va ya. Estate localizable y nos vemos enseguida ¿Vale? ─le digo muy, pero que muy desesperada.

─ De acuerdo, de acuerdo, llámame y nos vemos ─me dice al fin tranquilizándome.

Me giro y veo que Juan ya ha vuelto a la barra, me está buscando con la mirada.

Dejo a Ana guardando las cosas en su bolso y recogiendo para irse y me dirijo hasta Juan.

Me sitúo en la misma posición de antes y mientras le cuento a Juan que allí está mi amiga, ella avanza hasta nosotros. Cuando apenas le quedan dos pasos para llegar, noto que su semblante cambia y su mirada se desvía hacía alguien que debía estar detrás de mí.

No me da tiempo a darme la vuelta, pues ella y ese hombre llegaron a la vez a mi altura. Él con su mano derecha alcanza la suya, se pega a ella y le da un ligero beso en los labios.

─ ¡Carlos! ─digo con los ojos como platos.

Entonces él se gira y me mira. Me mira fijamente con los ojos más abiertos que nunca y después de un largo silencio, se vuelve para mirar a Ana.

Al día siguiente, cuando llegué a casa Carlos no estaba. Me dirigí a mi escritorio y la carta que cuidadosamente había dejado para él, allí estaba, abierta y estampada la firma de mi marido junto a la mía al final de la carta. Al lado, un sobre con su letra dirigido a mí.

Hola Luz.

Estas palabras que te escribo no son de perdón o arrepentimiento, como tampoco son un reproche hacia ti. Simplemente son palabras de comunicación.

Esa que nosotros no hemos tenido desde hace años y que seguramente nos hubiese evitado mucho sufrimiento.

¿Sabes? He estado años enfadado contigo, echándote la culpa de una actitud que nunca he entendido. Esperando que solucionaras el problema, tú problema y todo volviera a ser como al principio. Pasado un tiempo, mucho, mi enfado pasó a ser indiferencia y… sinceramente, un mal estar constante.

Sin embargo, nunca quise abandonarte, supongo que siempre tuve esperanzas o quizás por nuestra hija que era nuestro único nexo de unión.

Sé que nos hemos querido de verdad, hemos vivido y sentido de verdad. Hemos dados grandes pasos juntos, pero parece que no ha sido suficiente. Faltó la comunicación.

Hace dos semanas que sé cuál es tu verdadero motivo, hace dos semanas que he empezado a entender lo que ocurría y que al fin esta noche he terminado de razonar. No es lo que me cuentas en tu carta, ese enamoramiento obsesivo al que en teoría esta noche le ibas a dar una solución.

Fue el amor Luz, nuestro amor que pedía atención por ambas partes, que se quejaba de alguna dolencia y no lo vimos, que de no tratarle empezó a tener heridas y nos empezó a doler. Que de no cuidar esas heridas se empezaron a infectar y dolía más, las empezamos a tapar con silencios, con rutina, con otras distracciones que nos aliviaran.

Cuanto más tapamos las heridas de nuestro amor, más escondidas quedaban, siendo más arduas localizarlas y además, más se infectaban. Tanto se infectaron que empezaron a podrirse y el dolor… cesaba, cesaba ante la podredumbre y la falta de vida.

Y es así, que dejamos de querernos, porque el amor se murió de podredumbre.

Hace un par de años que Ana es mi amante.

Después de coincidir un día por casualidad, sin darnos cuenta nos vimos envueltos hablando de nuestras vidas y reconozco que fui un poco canalla, pues en principio lo que pretendía era obtener información, esa que te debería haber pedido a ti constantemente y no lo hice.

Sin embargo, acabé desahogando mis penas hablando con ella. Después de ese día la llamé unas tres o cuatro veces más. Empecé a notar alivio y comprensión.  A su vez ella también me contaba sus cosas. Sin embargo de ti, no soltaba prenda, pero ya me daba igual, me gustaba ser escuchado y me sorprendí a mi mismo viendo que aún me gustaba más escucharla a ella.

Y un día sin más, pasó. Ahora es imprescindible para mí, somos uno el apoyo del otro, uno el confesor del otro. Somos amigos, amantes y no estoy dispuesto a perderla, esta vez voy a luchar.

Hace dos semanas Ana me llamo muy alterada y preocupada debido a tu cita con este hombre. Tomó entonces la decisión de contarme todo sobre ti, además, también había tomado la decisión de contarte a ti todo sobre nuestra relación.

Fui otra vez un cobarde,  la convencí para que no lo hiciera, le propuse esperar a ver qué ocurría con tu encuentro. Un error más.

Está dolida por mi cobardía.

Sé que vuestra amistad es profunda, os queréis mucho y os necesitáis. Sin embargo, esta situación os puede alejar quizás para siempre. No obstante,  creo sinceramente que tienes todo el derecho a estar enfadada, pero no me perdonaría a mí mismo realizar un último esfuerzo por algo que creo merece la pena.

Quiero terminar esta comunicación con una noticia que dadas las circunstancias, aunque no me corresponde a mí decirte, creo que tienes todo el derecho a saber.

El mismo día que la llamaste para contarle que habías localizado a Juan y habías quedado con él, ella no se atrevió a darte la noticia que sabía desde hacía un par de horas antes.

Ana tiene cáncer, la van a intervenir el martes y que sepamos y con total seguridad la extirparan el pecho izquierdo.

Creo sinceramente que te va a necesitar.

Ya no estoy enfadado, ni te culpo, ni estoy apenado. Ahora solo tengo miedo de volver a perder el amor que necesito para poder vivir.

Te deseo de todo corazón, siempre, siempre lo mejor.

Carlos.

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