CÁNDIDA ADOLESCENCIA

¡Hola, mi querido amigo!

¡No tengo vergüenza! Perdonarme, pero he estado muy ocupada, mucho. Durante mucho tiempo, años.

Supongo que te harás cargo de la situación, pues empecé a perder contacto contigo en aquel mismo momento en que la vida, la elegida por mí, o quizás por lo que era correcto, o lo que me habían enseñado, o en cualquier caso, la elegida; empezó a llenarse de responsabilidades serias, en las que tomas decisiones que ya no solo tienen que ver con uno mismo. Ya sabes: hijos, casa, trabajo, compromisos, dinero y nada de tiempo para echar la vista atrás.

No fuiste el único, no tengo perdón de dios, ahora lo sé. Perdí contacto con amistades, aparqué momentáneamente, o eso creía yo, mi forma de vida, de pensamiento, de ocio y bueno, esas cosas que dejas de momento para entregarte a la familia y que invaden todas las horas de los días y las noches. O quizás, me organicé mal.

Me hubiese gustado que conocieras a mis hijos, estoy muy orgullosa de ellos y no te vayas a creer que son prodigios o algo así. No, son chicos normales con sus virtudes y sus defectos, pero buenos chicos. Cándida adolescencia.

He reanudado algunas amistades que aparqué momentáneamente, pero la vida no sé paró en aquellos instantes y cada uno tiene ahora su vida con su tiempo limitado y por supuesto, limitado también para mí.

No voy a contarte ahora mi vida, en algún otro momento quizás. Hoy quiero recordarte, porque hoy te echo mucho de menos, y lo sé, parece que te tenía olvidado, pero no, te aseguro que no. Es más, me encantaría volver a verte.

Recuerdo esa alegría que siempre iba contigo, siempre la sonrisa o la carcajada por cualquier tontería. Esa despreocupación por el tiempo, en todos los sentidos. No tenías reloj y daba igual una hora que ocho, que una semana que diez meses. Daba igual si el día era caluroso, si llovía, si hacía frio o si era por la mañana, tarde  o noche. El tiempo para ti no existía.

Siempre fuiste el más divertido y fiestero, aunque reconozco que alguna vez te desmadraste demasiado. Eras muy amigo de tus amigos, el que más. Dispuesto siempre a todo, contento con cada decisión, partiera de ti o no.

¿Recuerdas aquellas noches? eran mágicas. Noches enteras hablando ¡madre mía! ¿Recuerdas? Hablábamos de amores y desamores, de padres, de hermanos, de amigos, de recuerdos y con nuestra corta experiencia, sabíamos de todo.

Hablamos también de política, que nada me interesaba por aquella época, pero sabíamos. Luego empezamos a filosofar sobre todos los aspectos de la vida, eso me interesaba más, me sigue interesando más y sabíamos, claro que sabíamos.

Cada momento vivido entraba directamente en nuestras venas y era arte puro, momentos intensos y hambrientos, siempre hambrientos. Daba igual si era una conversación, una cena, unas copas, un concierto, una película, un viaje, escuchar música, una nueva amistad o un nuevo amor o desamor. Lo devorábamos sin piedad para saciarnos. Nuestro estado natural era estar hambrientos. Ya no estoy hambrienta, supongo que me harté o cogí una indigestión. Qué pena, me gusta mucho más el ingenio del hambre que la apatía de estar llena.

Sé ahora que las palabras eran importantes, aunque no fuéramos conscientes. Cada palabra dicha tenía un verdadero y contundente significado, no se decían por decir. Cada palabra era dicha para ser absorbida y entenderla plenamente, con el significado puro e ingenuo. No tenían maldades, eran verdades enteras.

La verdad ante todo, primero para ti mismo y luego para trasmitirla. Siempre la verdad contigo.

Te recuerdo tan noble, en nuestro círculo todo el mundo entraba, a nadie se excluía, todo el mundo sumaba. ¿Cómo te podía caer mal alguien? Eso era imposible, si eso sucedía, es que esa persona era muy dañina.

La ilusión, era algo palpable en ti constantemente. Todo era una gran ilusión y ese todo es “todo”, léase su significado, porque es inmenso.

Coqueto, algo exhibicionista a veces, derrochador en halagos, conversador, animador y prestamista de oídos. Los prestabas para escuchar tanto las alegrías, las anécdotas, las aventuras, como las disputas entre amigos, los malos entendidos, las riñas con los padres o hermanos… Alegrías y dramas de entonces y de siempre. Los escuchaste y los consolaste.

Recuerdo tu vitalidad, tu fuerza, el cansancio no habitaba en ti, era increíble las horas que podías pasar sin dormir y también las horas que pasabas durmiendo. Ahora yo, no aguanto sin dormir, ni tampoco durmiendo demasiado.

Buscabas siempre la novedad, el conocimiento, descubrir sin miedos. No tenías prejuicios, dudo que usáramos esa palabra alguna vez. Nunca había dudas en avanzar, lo contrario si era raro.

Evidentemente había palabras que nunca te interesaron: peligro, prohibido, abandono, deslealtad, aburrimiento…

Empezaste a conocer la injusticia, también la frustración, el desencanto y el sufrimiento. Todo y de momento en pequeñas dosis, pero el optimismo era tu marca de serie y salías airoso de esos sentimientos. Los combatías rápidamente con enormes dosis de rabia que explotaba instantáneamente y ruidosamente hacia el exterior, dejando limpio tu interior.

Te confieso que yo no soy capaz de explotar ahora. El sufrimiento se va quedando en mí, se ha hecho un poso negro que se ha adherido a mis órganos. No aprendí nada de ti, lo siento.

Vivías consecuentemente según tu entendimiento y el entendimiento se ampliaba, no te importaba ser señalado, o que te tildaran de raro a veces, o de loco muchas otras. Era divertido ser diferente, eras consecuente.

Tenías siempre muchas preguntas y muchas que no tenían respuestas. Quién podría responder al porqué de la vida o la muerte, al sentido de nuestra vida en la tierra y así, muchas otras cuestiones sin una respuesta probada.

Claro que, tenías muy claro como querías ser y vivir, afirmando que nunca cambiarias. Vivirías siempre rodeado de amigos, viajarías por todos los rincones del mundo, sin olvidar el mar del norte o la montaña de tus raíces. Tus pasiones serían también tu sustento, tus ideas y tu solidaridad tu bandera, tu lucha y tus sentimientos tu religión. Te harías activista por la paz, por la naturaleza, por las desigualdades, por la injusticia, por el hambre…

He olvidado el resto, tu retahíla era larga. He olvidado más cosas, ha pasado tanto tiempo… yo era quien te conocía. Conocía tus inquietudes, tus miedos, tus dudas, tus ideas, tus pensamientos y tus sentimientos. Cuanto siento decirte que he olvidado mucho de todos ellos. Ojalá hubiera tomado buena nota, porque poco hay de mí ya, en todo lo que yo tenía de ti.

Mi querido amigo, debo despedirme ahora. Mis obligaciones, mi vida actual me reclama, esto tan solo ha sido un paréntesis para recordarte, pero no me queda tiempo para más. Todo se mueve vertiginosamente en mi mundo y soy incapaz de pararlo. Me temo, que se me va de las manos. No tengo más tiempo para dedicar a mi propio tiempo vivido.

Un fuerte abrazo amigo.

P.D: Hoy te echo de menos. Mañana, volveré a olvidarte.

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