Lo que la tormenta dejó

Estaba en mi estudio, una habitación pequeñita al lado del salón, que acondicioné con estanterías, una mesa de escritorio ligera, funcional y barata, un sillón nada barato, pues ahí iba a pasar muchas horas y coloqué mi precioso y cómodo butacón al lado del gran ventanal, con la correspondiente lámpara de pie. Mi espacio creativo.

Me encanta esta estancia, por la mañana el sol lo inunda todo y siempre saco un rato para sentarme en el butacón y leer. Por la tarde, a eso de las cuatro,  ya por costumbre, escribo. Escribo sin prisa, sin pensar en terminar, sin ajustarme a un horario, simplemente escribo hasta que las palabras se terminan. Es por eso que a veces, empiezo a notar un profundo dolor de cabeza, entonces me fijo en la hora y veo que son las diez o las once de la noche y apenas me he levantado del sillón. Otras veces, a las cinco ya tengo toda la tarde libre. Así funciono.

Ese día, como todos, me puse sobre las cuatro a escribir. La luz tan especial del día me inspiraba, me sentía transportada a un mundo de fantasía. Las nubes pasaban a toda velocidad, pequeñas nubes blancas de formas divertidas. Sobre las cinco y media, recuerdo haber mirado la hora, pues pensé que se había hecho de noche de repente, la luz cambio a negro. Las nubes eran grandes, oscuras, sin formas, juntándose unas con otras, oía como a lo lejos se acercaba una tormenta.

Repaso rápidamente lo escrito, pues el cambio de luz me distrajo momentáneamente y sigo tecleando mi fantasía. Sin embargo, noto que mi ritmo ha cambiado, mis pulsaciones empiezan a ser más lentas, me paro muchas veces para reflexionar sobre lo que quiero poner. No sé, pero ya no tiene tanto sentido como cuando lo pensé. Aun así, escribo, y pienso que ya realizaré las oportunas correcciones. Esto también es normal, me ocurre bastantes veces.

De repente, he dado un brinco en mi sillón, menudo susto. Un trueno apocalíptico me ha sacudido y noto como el corazón se me ha acelerado. Levanto la vista y todo es demasiado gris.

Las ramas y las hojas de los árboles que tengo delante se golpean con fuerza unas contra otras y empiezo a oír las gotas gruesas contra el cristal del ventanal. Primero dos, luego cuatro, luego cinco y ahora incontables, se ha desatado la tormenta.

Me levanto, me acerco al ventanal, no se ve a nadie. Bueno, tampoco es que haya mucha gente por aquí normalmente. Miro la explanada de césped, árboles y bancos que tengo enfrente de casa, el Parque Mágico, así se llama y ahora, de forma mágica, todo parece querer arrancarse de la tierra para salir corriendo.

¿Cómo estará el mar? No le oigo, la gran tormenta no me deja oírle. Sé que está a unos cuatrocientos metros de mi casa, justo detrás del parque. Desde las ventanas de arriba le puedo ver en todo su esplendor y muchas veces también le puedo oír, pero ahora no.

Cierro el portátil y subo a la habitación, quiero ver el mar y ahí está, inmenso y glorioso pero no le veo especialmente embravecido, cuando está así, incluso desde mi ventana, me da miedo mirar su bravura. Supongo, que es porque además puedo oír el fuerte oleaje, es como una voz que se impone todo poderosa avisando que nada ni nadie tiene más fuerza en este mundo.

Lo mejor será que me prepare un té, pienso. Eso hago y miro el reloj: las seis y cuarto. Me vuelvo al estudio con mi té y me acerco al ventanal, el aire ha cesado un poco y la lluvia es más fina, pero intensa.

Solo miro el parque y las nubes, no tengo ningún pensamiento en la cabeza, me siento a gusto dentro de casa, resguardada en el calor del hogar.

El Parque Mágico es hermoso ¿A quién se le habría ocurrido ese nombre? ¡Mágico! ¿Por qué? Lo cierto es que es fastuoso, siempre tan verde, con tantos árboles frondosos y tan variados, tejos, robles, hayas, abedules… y entre ellos, caminos y bancos en los que descansar, admirar el paisaje o soñar, y allá, al final, un precioso mirador al mar.

Escogí esta casa precisamente por eso, por el parque y porque siempre tendría el mar cerca para visitarle.

Mi mar, mi calma, mi medicina.

Vivo aquí desde hace cinco años, vine huyendo de la ciudad, o eso es lo que siempre digo.

Hace diez años mi marido murió trágicamente en un accidente de tráfico y la vida cambió para mí.

Cambió si, hasta que mi hijo que tenía entonces quince años, me hizo espabilar, no tuve más remedio y me volqué en él y en mi trabajo. El mundo era mi hijo, mi trabajo el sustento y no había sitio para nada ni nadie. Me encerré en casa, hasta el punto de no salir ni tan siquiera a comprar el pan.  Llegó un momento que mi encierro se contaba por meses, llegando a situaciones extremas. Simplemente, pensar en salir de casa, me causaba una ansiedad brutal.

Ya no veía a mis amigos, tampoco les invitaba a que pasaran por mi casa y fue entonces cuando mi hijo, hace cinco años, él veinte y yo cuarenta y cinco, me amenazó con irse de casa sino nos íbamos de vacaciones unos días.

Es así que vimos esta casa, el parque, el mar y yo…. Me enamoré del lugar. Ahora salgo a ver el mar, a comprar, me relaciono con algún vecino e invito a mis amigos a mi casa. Mi hijo se quedó en la ciudad terminando sus estudios.

Otra vez el aire, los árboles se retuercen con fuerza y la lluvia empieza de nuevo con poderío. Me situó en el lado más derecho del ventanal para ver la zona infantil donde están los columpios, no me había fijado en esa zona todavía. Solitarios, fríos, incluso tenebrosos con esta luz. Pero… ¿hay alguien sentado en aquel banco?

Si, había alguien sin ninguna duda. Veía su nuca y parte de su espalda, estaba sentado en uno de los bancos de espaldas a mí. Sin duda, era un hombre.

¿Qué hacía ese hombre ahí sentado con la que estaba cayendo, y cuánto tiempo llevaría ahí? Era un día descaradamente desapacible, húmedo, frío y también lúgubre y ese hombre no se movía, estaba allí, sentado. El viento le tenía que molestar, eso era evidente, además de la lluvia que caía incesantemente con furia. ¡Por Dios! ¿Qué hacía ese hombre ahí?

Me quedé mirando casi sin parpadear, con la esperanza de verle levantarse, esperaba que se resguardara y me empecé a sentir insegura, esa situación no era normal. Ahora, otro trueno suena estremeciendo cada milímetro de mi cuerpo. Miro el reloj: las siete menos veinte. ¿Pero cuánto lleva ese hombre ahí?

Entonces pienso: bueno, igual mi imaginación me está jugando una mala pasada, no hay mucha luz y no alcanzo a ver con claridad. Puede que no sea una persona, quizás es un bulto que alguien dejó olvidado. Claro, por eso no se mueve, y cierro un poco mis ojos para intentar ver con más claridad que hay en ese banco.

Al final sigo viendo lo mismo, una nuca y unos hombros, por la complexión, un hombre. Joder, Me estoy poniendo cada vez más nerviosa y se me pasa por la cabeza llamar a Alex, pero no, le asustaría, vete a saber lo que pensaría de mí. Además ¿qué podría hacer él?

Puede que esté enfermo y yo aquí sin hacer nada. De pronto, veo que gira su cabeza hacía la derecha y en pocos segundos la vuelve a la posición de antes.

¡Se ha movido!, ¡se ha movido! ¡Está vivo, ostras! ¿Por qué digo que está vivo, en qué momento he pensado que estuviera muerto? Mi subconsciente claro, será eso, no lo quería decir pero mi temor es evidente.

Sigo mirando, se ha movido, quizás ahora reaccione y se vaya. Pero no, ahí sigue. El aire ha cesado bastante pero la lluvia no da tregua. Debo hacer algo, ese hombre puede necesitar ayuda y yo aquí sin hacer nada. Mañana leeré en el periódico: “Se ha hallado un hombre muerto por hipotermia en el Parque Mágico, sentado en un banco en la zona infantil” Y será culpa mía, por no socorrerle.

Subo corriendo a la habitación, busco mi chaqueta y abro el armario para coger el chubasquero. Llevaré también el paraguas y otro chubasquero para él. No, para él no, ya está totalmente empapado. Cojo lo que necesito y me acerco a mirar por la ventana. Ahí sigue, no se ha movido.

Bajo deprisa y abro el armario del pasillo, busco mis botas katiuskas y entonces me freno en seco. ¡Joder! Y si… es un perturbado, un psicópata. Creo que lo mejor es llamar a la policía y que se hagan cargo ellos. Claro que… si le pasa algo… está enfermo… se muere.

Cojo mis katiuskas y me voy al estudio, echo una ojeada por el ventanal. Nadie en la calle, una calle de cinco casas, cinco vecinos, donde tres solo vienen de vacaciones y el cuarto, mi vecino de la derecha, se fue ayer de viaje y vuelve mañana.

¡Venga, vamos! me animo a mí misma y me calzo para salir. Vuelvo a mirar, ahí sigue, todo igual y entonces un escalofrío recorre mi cuerpo.

¡Claro, el mar! ¡Está ahí por eso!, ¡cómo no me he dado cuenta! Se va a suicidar, eso es. Ya no miro a ese hombre, mis ojos han apartado la mirada de su figura y están mirando fijamente al horizonte, a ese mar que hoy no escucho.

Eso es, sin duda, suicidio. Eso que tantas veces ha pasado por mi cabeza, que nunca llegue a planear del todo. Eso de lo que nunca me arrepentiría de hacer salvo por Alex. Alex todo lo frenaba, todo lo cambiaba. Cómo podía hacerle esa faena a mi hijo adolescente. Alex, mi nexo con la vida. Alex, mi guardaespaldas. Alex, mi conciencia.

No. Ese hombre no va a profanar mi mar. ¡De eso nada!

Por unos segundos pasó también por mi cabeza que si esa era la decisión de aquel hombre, quien era yo para impedírselo. Cada uno es dueño de sí mismo y cuando uno decide no estar, no es en vano, eso lo sabía yo muy bien. Pero… ¿y si había un Alex en su vida? puede que su dolor no le dejara ver a su Alex.

Salí corriendo, con las katiuskas puestas, pero sin chubasquero y sin paraguas, con las prisas se me olvidó cogerlos.

EL HOMBRE

Me quedo detrás de ese hombre ahí sentado y antes de pronunciar ninguna palabra le observo unos segundos. Su cabello corto y empapado no me dicen nada, lleva una cazadora oscura y unos vaqueros, parece alto y de mediana edad, imposible adivinar, entre cuarenta y alguno y cincuenta y tantos.

─¿Le ocurre algo, le puedo ayudar?

Él gira un poco su cabeza pero sin llegar a darse la vuelta ─Gracias, estoy bien.

─No se puede quedar ahí, está empapado ─le digo, pero él no contesta. Entonces lentamente empiezo a andar y me sitúo delante de él. Aún no le puedo ver bien la cara porque su cabeza está ligeramente inclinada hacia abajo, Pero veo que tiene gafas y que ni siquiera se las ha quitado para limpiarlas. Imposible que pudiera ver algo con ellas.

─¿Quiere que llame a alguien, que le acerque a algún sitio? Ahora levanta su mirada hasta mí, pero dudo que me vea con las gafas llenas de agua. No dice nada. Así estuvimos, no sé cuánto tiempo, supongo que hasta que me di cuenta que yo también me estaba empapando.

─Vamos, levántate ─le digo, pero no se mueve. Le agarró del brazo suavemente y le vuelvo a decir ─.Vamos hombre, levanta. Ven conmigo ─me vuelve a mirar y se empieza a incorporar.

Era alto aunque estaba muy encogido, supongo que por la humedad y el frío. Me fijo sin detenerme en detalles y veo que su ropa escurre agua por todos los lados. ─Vamos, ven ─le vuelvo a decir.

Empiezo a andar y él me sigue, pero… ¿A dónde le llevo? Mi cabeza es un hervidero. ¡Cómo le voy a meter en casa! No sé quién es. ¿Qué hago, qué hago? Y así, llegamos hasta la puerta de mi casa.

─Entra, deja aquí mismo tus zapatos. Iré a por algo de mi hijo que te pueda servir. Pasa, hasta la cocina que está ahí y espérame.

Subo corriendo a mi habitación, me quito todo lo que llevo porque está empapado y me pongo unos vaqueros y una camiseta. Me seco un poco el pelo con la toalla del baño y corro a la habitación de Alex. Cojo la camiseta más grande que encuentro, unos calcetines, pero pantalones… a este hombre no le vale ningún pantalón de los que tengo, eso está claro.

Bajo con los calcetines, la camiseta, un pantalón de pijama por si acaso y una toalla.

─Ahí tienes un baño, quítate toda la ropa y me la das para meterla en la secadora. Te das un baño y te pones esto. No tengo pantalones que te puedan servir, quizás este pantalón de pijama de mi hijo, es  lo más grande que he encontrado.

Él no dice nada, se ha quitado las gafas, alarga su brazo para recoger las prendas y entra en el baño. ─Antes de meterte en la bañera me das la ropa para que se vaya secando ¿vale? ─no me contesta.

Me quedo apoyada al lado de la puerta del baño y estoy totalmente en blanco, nada pasa por mi mente, nada. En menos de dos minutos oigo que abre la puerta. Yo, me aparto instintivamente fuera de su vista y él sin salir deja toda la ropa mojada en el suelo y vuelve a cerrar.

Ahora sí, ahora si empiezan a pasar cosas por mi mente y la primera fue el suicidio, otra vez. El corazón me da un vuelco y casi sin pensar doy con el puño dos golpes suaves a la puerta del baño ─Oye, no se te ocurra hacer ninguna tontería, estás en mi casa ¿me has oído?

─No se preocupe, solo voy a darme un baño, como Ud. me ha mandado ─habla por fin y yo respiro.

─Vale, tómate tu tiempo, no hay problema ─le digo.

Recojo toda su ropa y la meto directamente en la secadora. Creo que el programa de media hora será suficiente, ya veremos. Me vuelvo a acercar a la puerta del baño y me quedo escuchando, oigo el agua caer, nada más.

Veo que el pasillo está lleno de agua y supongo que también la cocina, por lo que me voy a por la fregona y recojo todo lo que veo. Vuelvo a acercarme a la puerta de baño, oigo el agua y creo que también a él moverse. Bueno, todo en orden, pienso.

Miro el reloj: las siete de la tarde. Le prepararé un té o… un café ¿Qué tomará este hombre? Aunque… lo mejor será primero algo de comer y luego ya…

Abro el frigo pero no puedo pensar con claridad, estoy inquieta. Respiro hondo y digo: vamos, céntrate. Ahora miro con detenimiento mi frigorífico.

Ya está. Una ventresca de atún, un poco de queso, unos espárragos verdes y fiambre.

Me pongo a preparar el tentempié y pienso en ese hombre. Se le veía totalmente abatido y empequeñecido, su rostro era de una dureza tal, que te estremecía mirarle. Sus ojos se veían perdidos, tristes, oscuros y con una profundidad que no tenía fin. Parecía no escuchar o no entender, desubicado o abstraído en el dolor y  el sufrimiento. Era fácil intuir que su mente estaba en otro sitio y ese sitio era siniestro, trágico. Llego a la conclusión que ese hombre ha llegado a lo más profundo de su pozo.

A pocas personas he podido observar en esa situación tan perdida y angustiosa, tan dolorosa y amarga. No se atisba en ese ser hecho una auténtica piltrafa, un halo de esperanza, una pequeña lucha, un algo de vida. Nada, en su vida se ha escrito Fin, y ya han salido los créditos y la pantalla ha vuelto a negro, negro absoluto e infinito.

¡Pobre hombre! ¿Qué le habrá pasado? Cuando alguien piensa en suicidarse es porque no ve una salida del pozo en el que está metido, vive en el dolor y el sufrimiento. En ningún caso me parece de cobardes el suicidarse.

Nadie, nadie que tome la decisión de suicidarse lo ha hecho sin meditarlo muchísimo. El dolor no se va nunca y la esperanza se ha esfumado. Hay que tener una valentía extrema para quitarte tu propia vida después de medir un castigo que nos corresponda o no, ya no somos capaces de soportar. Después de valorar no sólo nuestro dolor, también el que sufren nuestros seres queridos. Después de analizar nuestra existencia, pasada, presente y futura. Después de meditar horas, días, años.

En definitiva… meditar, analizar, sopesar, valorar, decidir y llevar a cabo.

No, el suicidio no es un aquí te pillo aquí me mato, no es un acto en caliente. Es un acto trabajado, muy trabajado. Pero claro, como en todo, hay chapuzas. Siempre algún inconsciente de aquí te pillo aquí me mato y algunos suicidios equivocados, pues el dolor, a veces, impide ver el resto de los caminos o salidas. Han pasado algo más de diez minutos.

Me vuelvo a acercar a la puerta del baño, no oigo nada. Pongo la sartén en el fuego para saltear un poco los espárragos, espero a que se caliente y noto que estoy alterada y sé que es porque estoy preocupada. ¿No se le ocurrirá hacer una tontería, cómo podría explicarlo? Un cadáver en mi casa, en mi bañera. Un cadáver sin nombre, pues… ¿Quién es ese hombre y que hacía muerto en mi bañera? ¿Por qué le deje entrar en mi casa a darse un baño si no le conocía?

Llegado el caso, no podría contestar a ninguna de esas preguntas y supongo que por muchas explicaciones que diese… sonaría todo descabellado, raro y terriblemente sospechoso. Han pasado otros cinco minutos, ya no aguanto más.

Me acerco a la puerta del baño y pongo la oreja. Sigo sin oír nada, doy dos golpes suaves y digo, ¿Está todo bien, necesitas algo?

─Todo bien ─Responde sin más.

Me quedo apoyada al lado de la puerta y le oigo moverse. Igual… se ha quedado dormido, pienso.

Pongo encima de la mesa de la cocina dos platos, dos vasos y saco también dos copas de vino. Quizás prefiera vino. Saco los cubiertos, servilletas, troceo un poco de pan que coloco en un cesto. Lleno una jarra de agua y saco una botella de vino tinto.

Voy poniendo todas las cosas que he preparado en la mesa y le doy una última mirada por si faltase algo. ¡Ostras! Puede que lo del vino no sea buena idea, pienso.

¡Joder, que ingenua soy! ¿Y si este hombre es un alcohólico o un drogadicto, una persona violenta que no tiene nada que perder y que verá su ocasión para desvalijarme y puede que incluso hacerme daño? Si fuera un perturbado, tarado o violador me habría atacado nada más entrar en casa, pero… alguien que no tiene nada que perder, una mala persona, o… puede que esté con el síndrome de abstinencia y entonces sí, me puede atacar y desvalijar.

¿Cómo no lo he pensado antes? No me he fijado bien en su aspecto, estaba empapado, parecía un pajarillo desvalido. No parecía estar muy delgado, así suelen estar los drogadictos. No sé, mi pobre Alex, me encontrará muerta en esta casa.

Noto como el miedo me invade y ya no es por ese hombre, es un miedo distinto. Es un miedo oscuro lleno de incertidumbre que acelera mi corazón y hace que mi mente realice un sinfín de desenlaces dantescos. Respiro profundamente, las piernas empiezan a flojearme, pero me mantengo de pies y firme.

Miro de nuevo a la mesa y de ahí empiezo a inspeccionar ocularmente toda mi cocina. ¡La tabla de cuchillos! no lo pienso, simplemente la cojo y la guardo en el armario que está justo debajo. ¿Qué más, que más puede ser peligroso? No se me ocurre nada. Para mí, todos aquellos enseres eran tan familiares e inofensivos que mi mente era incapaz de adivinar como podían hacer daño. Entonces diviso encima de mi microondas la vasija de la batidora, es de cristal muy grueso, grande, robusta y pienso: si se le ocurre abalanzarse, la puedo coger fácilmente y estamparla contra su cabeza, le dejaré cao. Un pitido intenso me saca de mis pensamientos. La secadora ha terminado.

La apago enseguida y dejo abierta su puerta para que salga el calor, corro hasta la puerta del baño. No me hace falta poner la oreja, oigo movimiento antes de llegar y mi corazón parece que se va a desbocar.

Vuelvo deprisa hacia la secadora y voy sacando sus prendas. El pantalón vaquero, de una marca archiconocida, sin más. Una camiseta gris, básica, sin ningún dibujo. Una cazadora negra de entre-tiempo. La cazadora tiene marca pero no la conozco, claro que, qué se yo de marcas si nunca me fijo, nunca me ha interesado todo ese mundo. Una ropa simple, normal, como la que puedo tener yo. No está descuidada o pasada de moda, ni estropeada. No parece ser la ropa de un hombre que está en la calle y sin posesión de nada.

Agudizo mi oído por si sale del baño. ¡Por dios que no salga ahora! Doblo rápidamente toda su ropa, la coloco en la cesta y rezo para no encontrarme con él por el pasillo. Le dejo la cesta con la ropa en la puerta, doy un golpe suave y digo: ─Tu ropa ya está seca, te la dejo aquí mismo y me gustaría que salieras pronto.

─Gracias, enseguida salgo ─me contesta.

¿Por qué coño le he dicho que salga pronto? Debería haber añadido: mi marido que es policía está a punto de llegar. ¡Ay madre, ya sale!

Me voy a la cocina y espero. Aun ha tardado un ratito en salir, no mucho. Ya oigo la puerta y no sé qué hacer. Me doy la vuelta hacia la encimera haciendo que hago algo y noto como se acerca a la cocina. ¡Ya está aquí!

Se ha quedado en el umbral de la puerta, sin entrar. Me doy la vuelta y le miro.

Y… le vuelvo a mirar. Ese hombre no tenía nada que ver con el que estaba en el parque.

Mediana edad, sigo sin poder dar una aproximación un poco más precisa. Una buena estatura, al menos para mí, alto. Un cuerpo esbelto, proporcionado e intuyo que cuidado. La ropa aunque básica y simple le sentaba como un guante. El cabello corto y abundante en canas. Su semblante muy serio, todavía con una gran dureza en el rostro. Las gafas limpias de agua, transparentes ahora, dejaban ver sus ojos marrones totalmente abiertos y claramente expresivos. Evidentemente, ese hombre me estaba viendo por primera vez, igual que yo a él.

Debo decir, que me impresionó y me dejó muda.

─Agradezco mucho lo que ha hecho por mí, pero debo irme ─me dice.

─Bueno, yo había preparado algo para comer. Supongo que puedes perder cinco minutos más y te irás reconfortado ─le contesto un poco atropelladamente hasta que me salen las palabras seguidas.

─Pues… es Ud. Muy amable. Lo cierto es que no he comido en todo el día, pero debo irme.

─Pues venga, siéntate y a comer ─le digo casi interrumpiéndole y añado ─. Y no me trates de Ud. No me gusta.

─Bien. Te lo agradezco pero es mejor que me vaya ─Me dice en un tono algo duro y brusco, cortante.

En una ráfaga de segundo pasa por mi cabeza de nuevo, el suicidio.

─Insisto, te he abierto mi casa. Creo que lo mínimo es aceptar mi invitación ─le digo seria y rotunda.

─Muy bien ─dice algo nervioso y entra en la cocina. Le señalo una silla y él se sienta. Yo, despacio y sin dejar de observarle me siento enfrente y le digo ─Sírvete o ¿Prefieres que lo haga yo?

Él alarga su brazo y empieza a servirse, no dice nada, me mira algo curioso pero parece que no se atreve a decir nada.

─¿Te apetece contarme que hacías en el parque, con esa tormenta y totalmente empapado? ─me atrevo a preguntarle.

─Prefiero no hablar de eso ahora, lo cierto… es que prefiero no hablar de nada ─me contesta mirándome fijamente a los ojos y muy serio.

─ Está bien  ¿te importa si hablo yo? ─ le digo mientras la idea del suicidio sigue rondando por mi cabeza.

Hace un gesto difícil de definir pero fácil de entender, me da igual venía a decir y esboza una mueca que a mí se me antoja es una leve sonrisa y dice: estás en tu casa.

¿Eso ha sido una leve sonrisa? Sin duda su semblante cambio en una fracción de segundo y desapareció parte de su dureza en el rostro. Me quedé con la mirada fija en él y creo que boquiabierta y es que me pareció bello. El rostro más bello que había visto desde hace tiempo. A pesar de sus ojos en los que se veía su fondo, ese en el que estaba, a pesar de que estaban algo hinchados por su sufrimiento. Su rostro se ilumino con aquella mueca y me dejó muda.

Me quedé en blanco, apagada, off. ¿Por qué soy tan mema y de que quiero hablarle yo? Nada, ahora no sabía que decirle, las palabras no me salían y me estaba empezando a poner nerviosa.

Pasaron unos cuantos segundos así, incómodos, no sé decir cuantos, para mí una eternidad, para él, indiferencia absoluta. Empezó a engullir la comida, se ve que tenía hambre, ni siquiera levantaba la vista del plato. Hasta que empecé a hablar.

─Me serviré un poco de vino ¿quieres? ─me mira y no me dice nada, yo le sirvo un poco en su copa y él bebe ─.Vivo aquí desde hace cinco años. Vine a curarme.

LA CURA

Ahora me mira fijamente a los ojos y con cierta curiosidad. No dice nada pero ha dejado de centrarse en la comida, incluso de masticar lo que le quedaba. Unos segundos y luego siguió comiendo pero mucho más moderado y atento a lo que empecé a relatar.

─Verás, hace diez años que se murió mi marido, pero mi infierno viene desde mucho antes. Llevábamos casados 16 años, de los cuales los cinco primeros fueron maravillosos, luego vinieron otros cinco años de criar a un niño, de cuidar del abuelo enfermo, el padre de mi marido y de cambios de casas por el trabajo de él. Cinco años en los que no me dio tiempo a pensar si era feliz o infeliz, era tanto lo que había que hacer que lo hacía sin más, para acabar todas las noches extasiada, deseando dormir y descansar.

A partir de ahí, todo empezó a cambiar. Lo cierto, es que solo empezó a cambiar para mí, nuestra vida seguía su rumbo con normalidad, mi hijo iba creciendo y por lo tanto era cada vez más autónomo y el abuelo finalmente murió. ¡Ya ves! Empecé a tener tiempo para mí.

Empecé a escribir de nuevo. Escribo cuentos infantiles y me encanta, pero algo no funcionaba. Al principio de retomar la escritura fue maravilloso, lo cogí con tantas ganas que todo fluía sin apenas esfuerzo. Entre tanto, la vida seguía igual que siempre, mi hijo, sus necesidades, mi marido, sus necesidades, la casa, sus necesidades, la compra, la organización de la casa, de las tareas, de las vacaciones, de las salidas, de las actividades… una vez, otra y siempre lo mismo. Rutina, nunca nada nuevo, nunca nada malo o bueno. Siempre las mismas emociones que ya no lo eran de tanto repetirse, la misma gente y yo, el epicentro que controlaba todo eso.

En algún momento empezó, pero no lo recuerdo. Simplemente me empecé a sentir agotada, apática y quise poner remedio a mi estado. Empecé por querer cambiar algunas rutinas, pero implicaban a mi marido y él parecía estar en un momento maravilloso. No lo conseguí, entonces opte después de tiempo, por la resignación, pues… éramos una buena familia, sin conflictos, sin intereses, volcados en nuestro hijo y en el bienestar de todos. Una familia que a fuerza de trabajo salía muy bien adelante, todos sanos de mente y cuerpo y por supuesto bien acomodados gracias al sueldo de mi marido.

Sin embargo, esa vida se echaba encima de mí y me empezaba a asfixiar. Por supuesto no llegué a esta conclusión enseguida, fue a través de los años. Mi malestar conmigo misma iba en aumento y no reaccionaba, pues todo a mí alrededor era perfecto. Un hijo cariñoso, ingenioso, divertido, alegre, encantador, sano. Un marido trabajador, comprensivo, familiar, noble.

La vida que yo elegí, sin motivo aparente, dejó de ser deseada por mí. Empezó a no gustarme y es así que empecé a deprimirme. La escritura es de lo primero que dejé, mi cabeza estaba vacía de fantasías. Las tareas de casa se me hicieron insoportables, un trabajo monótono y repetitivo que se me antojaba un esfuerzo tremendo a la par de inútil. Mi deseo por el sexo se desvaneció en poco tiempo. El ocio, las salidas y las vacaciones fueron para mí, los últimos años, como una tortura.

Esos últimos años llegue a la conclusión que deseaba con todas mis fuerzas cambiar mi forma de vida y en ella, mi marido ya no tenía cabida. Dejé de quererle.

Pero estaba mi hijo, mi hijo feliz y estaba yo. Sin poder escribir, sin poder ganarme la vida, dependiente de ese hombre al que ya no quería, de ese hombre que lo sabía, pero seguía con su vida ahora imperfecta, pero cómoda y en familia.

No encontré una salida, no la tuve y me di cuenta que no la tendría. Mi vida era esa y debía resignarme, pero no siempre me resigne y en varias ocasiones, muchas, pensé en poner remedio. Solo encontré uno, el único que veía. El suicidio. Pero seguí con mi vida como si nada, dando tiempo al tiempo con la esperanza de que algo cambiara.

Nunca llegue a planear un suicidio, pasaba continuamente por mi cabeza como una posible solución. Llegue sin embargo a buscar información sobre qué tipo de suicidio sería mejor. Pues, evidentemente no quería sufrir una agonía y no quería que fuera traumático para mi familia. ¡Ya ves! Si el suicidio no es un trauma… y sobre todo para quien se queda.

Estuve muchos años sintiendo un dolor profundo que nunca cesaba, años culpabilizándome de mis pensamientos tan horrendos y no hablo del suicidio. Hablo de no querer a mi marido, de no sentirme feliz con lo que tenía, esos y solo esos eran mis pecados.

Hace diez años, mi marido murió en un accidente de tráfico. Pasé los dos años siguientes con mis padres, ya mayores, que se hicieron cargo de mi hijo y de mí. No pude levantar cabeza, la culpa me invadió por completo, yo era la que tenía que haber muerto, yo era la infeliz y no él. De esos dos años poco te puedo contar, los pasé prácticamente metida en una habitación, atiborrada a pastillas, desorientada y fuera de la realidad.

Pero ocurrió algo, mi hijo, Alex.

Veo de nuevo ahora en ese hombre que tengo enfrente, la profundidad del pozo en sus ojos y su semblante se ha vuelto a endurecer, puro mármol. Sigo mi relato.

─No sé cómo, en el estado en el que estaba, empecé a echar de menos a mi hijo y entonces pregunté por él. Alex llevaba ingresado en el hospital una semana, le ingresaron por una pulmonía que se complicó bastante. Eso me hizo reaccionar, sobre todo cuando le vi en el hospital y me pusieron al tanto de su enfermedad, la cosa era seria.

Empecé despacio eso sí, a tomar las riendas de mi vida. Alex estuvo tres semanas ingresado y me empecé hacer cargo de él. Incluso todavía viviendo con mis padres,  me hice cargo también de la casa y retomé la escritura.

Antes de cumplir los seis meses desde que Alex salió del hospital ya estábamos en nuestra casa. No fue muy fácil pero lo conseguí y no recaí. Aunque no todo quedó arreglado. Durante años no pude salir de casa, solo en alguna ocasión muy excepcional, salir me causaba mucha ansiedad y en ocasiones, me sentía aterrorizada.

Eso acabó cuando vine a vivir aquí, hace ya cinco años.  Alex, desesperado por mis encierros, me exigió con un ultimátum que eso tenía que cambiar. Me amenazó con irse de casa si no ponía todo de mi parte para que eso ocurriera. No me podía permitir perderle, él era lo que me quedaba, era la luz de mi vida, era el motivo para levantarme, para escribir, para cuidarme. Su presencia era suficiente, me sentía llena sin necesidad de nada más.

Llegaba a casa cada día después de sus estudios o de sus salidas, y su alegría, su juventud, su vitalidad, su cariño, sus anécdotas diarias, sus aventuras me bastaban. A veces traía amigos a casa para ver una peli, para jugar a las cartas, o a un juego de mesa y de vez en cuando organizábamos fiestas. En todos esos encuentros yo estaba invitada, era una más. Mi misión en la vida era colmarle de atenciones, procurar su bienestar, ayudarle en su día a día y estar a su lado. Sí, a pesar de mi incapacidad para salir de casa, me sentía bien, contenta y tranquila. Pero para Alex empezó a no ser suficiente.

O sea que… todo por mi hijo. Acepté para empezar unas vacaciones de cuatro días y yo elegí el sitio. Vinimos a parar aquí y este sitio finalmente me curó.

En este momento me quedé en silencio, me serví otra copa de vino y también a él, la tercera copa ya. Los efectos del alcohol me desataban la lengua con bastante desparpajo y lucidez. Además, influyeron como un relajante, mi cuerpo empezaba a ser tan ligero que me daba la sensación de que me podía elevar de la silla. Mi cabeza a la vez que despejada y concentrada en mi historia, estaba algo eufórica. No estaba acostumbrada a beber.

Él aprovechó el momento y lanzó una pregunta. Por lo demás, se había limitado a escuchar. Creo que lo suyo no eran las palabras, hablaban más sus gestos. Cuando dudaba o no entendía fruncía un poco el ceño, cuando estaba asombrado levantaba sus dos cejas, abría mucho los ojos y su cuerpo se inclinaba hacía mí.  Cuando le abordaba la curiosidad, levantaba su ceja derecha y su mirada se clavaba en la mía. Cuando estaba más relajado sus ojos se entrecerraban un poco y su semblante era puramente amable. Cuando su propia historia le atrapaba, era un rostro esculpido en piedra, sin vida.

Se limitó a lanzar algún que otro monosílabo: ya, si, no, ah… y hasta ahora una pregunta directa o más bien,  varias en una.

─¿Qué paso?, ¿cómo te curaste? Quiero decir… tu enfermedad, ¿es que no podías salir de casa, no?

─Entre otras, lo cierto es que mis limitaciones eran muchas. Miedo, tristeza, estancamiento y culpa, sobre todo culpa. La culpa era el problema. Me curé cuando me quité la culpa, me di cuenta que no era culpable de mi desgracia, ni de la de mi marido.

Simplemente, avanzamos con la vida y también cambiamos. Lo que nos gusta nos puede dejar de gustar, lo que es bueno puede empezar a no serlo tanto. Lo que nos parece imprescindible de repente deja de serlo, anhelando en ocasiones lo imposible. La visión sobre la vida, sobre una misma, sobre lo que quiere…. En fin, es constante movimiento, no se puede parar y a veces sucede, como es mi caso, que de repente todo esta patas arriba y cuando vas a reconstruirlo ya nada encaja, nada sirve.

Dejé de culparme por querer vivir mi vida de otra forma, aunque no tengo claro de qué forma exactamente. Dejé de culparme por cambiar mis sentimientos hacia mi marido, pero también hacia muchas otras cosas. Dejé de culparme por el accidente de mi marido, fue un accidente, una desgracia y no tuve nada que ver.

Dejé la culpa, no tengo culpa por vivir, por pensar, por cambiar de opinión, de pensamiento o de sentimientos. Así de sencillo, no soy culpable de nada. Empecé a vivir.

─¿Así de repente? ¿Llegaste aquí y te quitaste la culpa de encima? ─me dice con una expresión que no sabía encajar, quizás… pudiera ser que pensase que le estaba mintiendo o que estaba inventando todo, o que estaba loca. No sé, su expresión era dura y su forma o tono al preguntarme me molestó, aunque no estoy segura de cuál era su pensamiento en ese momento.

─No claro, de repente no. Nada es de repente. Pero empezó el primer día que llegué aquí. El parque donde tú estabas hoy ¿sabes cómo se llama? ─ hace un ligero movimiento de cabeza hacia los lados, está claro, no lo sabía ─. Parque Mágico, así se llama y mi hijo me obligó a pasear por él el primer día. Media hora mamá, me dijo y cuando llegué de vuelta a casa estaba preocupadísimo, había pasado casi dos horas. Ni me di cuenta del tiempo. No sé, para mí quizás si es mágico.

Quiero decir que me sentí realmente a gusto, no estaba angustiada, me limité a andar a observar, contemplando la naturaleza, contemplando todo. Luego empecé a pasear y llegue al mirador. Allí estaba, el mar. Para mí la calma y se me pasó el tiempo sin pensar en volver, sin sentirme mal.

Al día siguiente volví a salir yo sola y la sensación fue la misma. En fin, repetimos algún que otro fin de semana y al cabo de cinco meses me instalé aquí. Pero antes de eso conseguí salir todos los días y no solo a pasear o ver el mar, iba a comprar y me relacioné con algún que otro vecino, incluso fui a visitar otros parajes o sitios con mis nuevos amigos.

Fui yo la que tomó la decisión de vivir aquí. Decisiones, algo que ya nunca hacía. Hace dos años también tomé la decisión de comprar la casa ─ se levanta de improvisto, repentinamente y me callo un poco expectante. Me dice:

─Se ha hecho muy tarde, me tengo que ir.

─¡ah claro! ─digo. Se da la vuelta hacia la puerta y cuando llega a ella se vuelve a dar la vuelta.

─Te agradezco las atenciones, la verdad es que…. ─ se queda callado y baja su cabeza ─. ¿Por qué me has ayudado y me has contado…? Bueno, son cosas… íntimas ─me dice.

Me levanto y me acerco un poco a él, no se mueve del sitio, me mira esperando una respuesta.

─No sé cuál crees que es tu culpa y el tiempo que llevas con ella.  No sé cuál es tu infierno, pero seguro que hay alguien preocupado por ti, seguro que hay alguien por el que tú te debas preocupar y seguro que hay salida aunque se tarde en ver. En mi caso, la salida fue mi hijo.

Se apoya en el marco de la puerta mirándome fijamente, sin decir palabra. Yo no dije más, solo le miraba, esperando que él hablase, se desahogase o vete a saber. No pretendía nada en concreto o quizás por puro instinto, aliviar su dolor.

Seguía mirándome sin decir nada, pero creo que ya no estaba conmigo y entonces veo que sus ojos se humedecen y baja su cabeza. Allí estábamos, él apoyado en el marco de la puerta y yo frente a él. Empieza a sollozar y a temblar. Un sollozo ahogado y casi mudo. Le miraba sin saber qué hacer.

Su sollozo empieza a ser más fuerte y entonces se quita las gafas, se hecha las dos manos a la cara tapando su rostro y ya fue incontrolable. Apoyado en el marco veo como empieza a deslizarse hacia abajo, quedando totalmente en cuclillas, con las manos tapando su cara, las gafas colgando entre su dedo índice y corazón de su mano derecha y llorando sin ningún consuelo.

Me quedé bloqueada, por un momento me dio la impresión de ver aquello desde una gran distancia hasta que reaccioné. Me pongo a su altura y le cojo las gafas, las dejo con cuidado encima de la mesa y vuelvo. Ahora está sentado en el suelo, apoyado en el marco, con el rostro entre las rodillas y sus manos sujetando la cabeza. Yo me pongo de rodillas frente a él, pero no me atrevo a decir nada.

Me estremece oírle y noto que me contagia su estado, se me hace un nudo en la garganta que retengo, pero brotan inevitablemente lágrimas por mis ojos. Son lágrimas de compasión que salen silenciosas, cristalinas y atropellándose unas a otras.

Me fijo en sus manos y me lo pienso, pero tomo la decisión, apoyo mis manos encima de ellas presionándolas suavemente. Instintivamente él las mueve hasta sus rodillas, vuelvo a apoyar mis manos en las suyas y las presiono con más fuerza. Pasaron unos instantes así, mientras el sollozo perdía intensidad.

Él se mueve, con intención de incorporarse y yo me muevo con él, ambos nos fuimos levantando soltando una de nuestras manos y entrelazando más fuerte la otra. Le miro a los ojos: oscuros, enrojecidos, húmedos e hinchados y vuelve a bajar su mirada. Apoya su cabeza en mi hombro. Le abrazo y me abraza y mis lágrimas siguen por mis mejillas en silencio.

Unos minutos mudos en los que me es difícil describir mis emociones, algo entre angustia, impotencia, pena y mucha compasión. Levanta la cabeza de mi hombro y me mira fijamente, aun sin despegarnos. Me limpia las lágrimas y esbozo una ligera sonrisa que me sale espontánea. Nuestras pupilas empiezan ahora a recorrer el rostro de ambos y yo me paro en su boca, en sus labios ligeramente abiertos. No sé si él seguía mirándome, no pude despegar mi mirada de sus labios, que sin darme cuenta me atraían acercando mi rostro al suyo, mis labios junto a los suyos.

Le di un beso corto y sin despegarme apenas, volví a darle otro, esta vez algo más largo. Volvimos a mirarnos, yo sin pensar en nada y fue él el que me beso, una vez y luego otra y luego apretó con fuerza mi cintura contra su cuerpo y me volvió a besar. Mis labios entonces se abrieron y sentí su calor, mi lengua buscó tímidamente la suya y se rozaron. Nuestras bocas se abrieron del todo y un calor inmenso recorrió mi cuerpo y su lengua invadió el interior de mi boca sin timidez, con fuerza, con decisión, con ansia y sin ninguna duda.

LA LOCURA

Nuestros cuerpos imantados, mis manos recorrían su espalda sin descanso, con fuerza, clavando mis yemas, incluso mis uñas si estas hubiesen estado largas. Las suyas eran un espejo de las mías en mi espalda. Nuestras bocas se devoraban dedicando una décima de segundo cada cierto tiempo a la respiración, nuestras lenguas se buscaban, se enredaban y se saboreaban.

En un momento dado su boca se apartó de la mía y empezó a succionarme la mandíbula y bajo hasta mi cuello, sus manos se deslizaban rápidamente hacia mis glúteos, mis muslos, mi sexo. Mis manos pasaron a ser un espejo de las suyas.

Mi cuerpo acalorado, húmedos mis ojos, mi boca, mi sexo. Mi respiración entrecortada dejaba al descubierto mi excitación y como si fuera un lenguaje nuevo, pedía, suplicaba, exigía sus caricias en todo mi ser, su boca en cada rincón de mi cuerpo, pedía la piel de su cuerpo, el roce continuo, bailando al unísono y subiendo el tono y el volumen.

Tiro de su camiseta hacia arriba y él se la quita, nos miramos, ahora sin tocarnos. Entonces cojo su mano y echamos a andar escaleras arriba, en silencio y sin dejar de mirarnos.

Entramos en la habitación y él se para, me retira el pelo de la cara y con ambas manos sujeta mis mejillas, me besa despacio y mis manos van directas al botón de su pantalón, que desabrocho y bajo la cremallera.

Él me quita la camiseta, me da la vuelta, desabrocha mi sujetador, lo tira al suelo, se pega a mi espalda y sus manos a mis pechos. Me besa el cuello, baja sus manos hasta mis pantalones y los desabrocha, me da la vuelta de nuevo.

Ambos nos terminamos de quitar el pantalón y la ropa interior, ambos nos tiramos en la cama y ambos nos devoramos rápidamente llegando al orgasmo demasiado pronto.

Él se quitó enseguida de encima de mí, pero me abrazó, le abracé y así nos quedamos, sin decir nada, hasta que empecé a tener frío y entonces me incorporé para tirar de la colcha hacia nosotros, él me volvió a abrazar.

No pensaba, o no quería pensar en que había ocurrido. Sólo pensaba en el calor que desprendía, en el tacto de su piel, en su manera de respirar, en los latidos de su corazón. Mis ojos, mi olfato, mis oídos, mi tacto estaban más despiertos que nunca. Mis ojos para mirar el color de su piel, la forma de sus manos, de su pecho. Mi olfato se recreaba en su olor corporal, un olor diferente y nuevo en mi vida. Mi tacto era incansable, acariciaba su torso, sus manos, sus brazos y se dejaba sentir por su piel. Mi gusto estaba ahora adormilado de tanto trabajar antes, aun así, se estremecía teniendo a ese ser al lado. Mis oídos expectantes a su respiración, sus gemidos antes y ahora… oigo un ligero sollozo, el suyo. Me incorporo para mirarle y sus lágrimas brotan incesantes.

Beso su lágrima, luego la otra y así continuamente sin dejar que se derramen, alcanzo sus ojos, se los beso suavemente, sus mejillas, su frente, su cabeza. Beso de nuevo sus ojos, sus mejillas, su nariz, la comisura de sus labios, su boca y no me detengo. Me pongo encima de él y vuelvo a empezar, sus ojos, su frente, su cabeza, su boca, bajo hasta su cuello, sus orejas, sus brazos, su pecho.

Mil besos en su pecho, mil besos en sus brazos, otros tantos en su cuello, sus orejas… besos de ternura, incontables caricias compasivas que buscaban su alivio y que recibía abatido y con dulzura. Que empezó a corresponder de la misma manera buscando mi boca y ahogando su angustia en ella. Ternura, mucha ternura que poco a poco fue dando paso a pasión y excitación.

Saboreé cada rincón de su cuerpo, me empapé de cada uno de sus fluidos, toqué cada centímetro de su piel y después él se tomó la revancha e hizo exactamente lo mismo conmigo. Esta vez no hubo prisa, nos esperamos el uno al otro disfrutando cada instante y conscientes de no dejar pasar nada por alto, deteniéndonos en los detalles, buscando aquello que a cada uno le era más placentero.

Acabamos extasiados uno al lado del otro, esta vez sin fuerzas para estar abrazados, necesitábamos aire para respirar y tiempo para que las pulsaciones de nuestros corazones bajaran a niveles sin riesgo.

Esta vez tampoco salió una palabra de nuestras bocas. Cuando conseguí que mi respiración fuera normal y ambos nos tapamos con la colcha, me entró un cansancio placentero. Pero de repente mi mente se despejó por completo y empezaron a entrar de golpe un montón de preguntas e incógnitas.

Sin duda la curiosidad empezó a ser irresistible y podía a mi cansancio, ni siquiera le había oído hasta el momento que decido empezar mi interrogatorio. Su respiración era fuerte, se había quedado dormido.

Me enterneció y me acurruco silenciosamente a su lado, no quería que su calor y su olor se fueran nunca, mis pensamientos cambiaron de rumbo.

Solo pensaba en su calor, en su olor, en sus caricias, en sus besos, en sus gemidos, en su sexo. Sexo, descartado para mí desde hacía incontables años. Sabía que no era un sueño, pero notaba que mis pies no tocaban tierra, que mi cuerpo se había vuelto ligero y flotaba. Una sensación que pensé que jamás volvería a tener y… entre estos pensamientos me dormí llena de placer y cansancio, consciente de que tendríamos tiempo de hablar sobre lo acontecido y de preguntar absolutamente todo.

Me desperté y él no estaba a mi lado, simplemente se había ido. Sin dejar ni siquiera una nota, ni un rastro. Claro que antes de buscar cualquier rastro sobre él en mi casa, después de mi perplejidad y ser plenamente consciente de que se había ido, me vestí con lo primero que encontré y salí corriendo hacia allí.

Llegué al mar con el corazón en la boca, con la angustia en mi pecho y el miedo en mis entrañas. Miré por la orilla intentando buscar un rastro: un calcetín, una camiseta, un zapato. Miré cada ola que se acercaba y aquellas que quedaban a lo lejos, miré cada roca, cada rincón en la playa o en el camino. Caminé, caminé horas y horas orilla al mar, deseando no encontrar nada, ahogada por los nervios y el miedo.

Volví a casa y busque, busque en cada rincón una nota, un rastro. Comí algo para no desfallecer y salí de nuevo en su busca; angustiada, llorando, gritando ¿dónde estás? Porque su nombre no lo sabía. Acabé el día sin fuerzas y totalmente abatida.

Fui a la policía a denunciar su desaparición, creo que me tomaron por loca. Pero sí que comprobaron denuncias de hombres desaparecidos y me pidieron su descripción. No hubo nada que hacer, él no coincidía con nadie.

Durante los meses siguientes me obsesione, compraba todos los periódicos locales, me pasaba de cuando en cuando por la comisaría por si había novedades. Veía los noticiarios a todas horas y mi nariz quedó pegada a mi ventanal del estudio, mirando aquel banco del parque durante meses.

Poco a poco me fui relajando de aquella obsesión que solo se hacía más fuerte los días de tormenta. Me resigne y culpé al mar de no haberlo devuelto, no quise pensar que quizás, simplemente se fue.

UN AÑO DESPUÉS

Esta noche he dormido muy mal. A las dos y veinte de la madrugada me levanté y me preparé una tila porque me era imposible dormir. No quería pensar en el día siguiente, sabía que se cumplía un año de aquel día de tormenta, una tormenta que me dejó el corazón encogido, el recuerdo de una situación surrealista llena de dudas y un enorme sentimiento de impotencia, de frustración y también algo de rabia.

No recuerdo a qué hora conseguí dormirme, pero sí, que me desperté a las cinco y también a las siete. Me levanté a las ocho de la mañana y después de ducharme y desayunar me encerré en el estudio y empecé a escribir.

Decidí hacer un relato sobre ese misterioso, angustioso e inolvidable día. Escribía, recordaba y volvía a vivir cada momento. La luz de aquel día, los truenos estremecedores, la lluvia  impetuosa, el viento violento, su silueta sentado en el parque, sus ropas mojadas, el dolor en sus ojos, su derrumbe emocional y corporal en el marco de la puerta, sus sollozos, sus lágrimas, su rostro endurecido, impenetrable, el temblor de sus labios y de sus manos, la sombra de mi sospecha por un suicidio perentorio.

Escribía, recordaba y lloraba. Sobre medio día terminé el relato y me levante a mirar por el ventanal. El día era muy luminoso, el sol calentaba, no había ni una sola nube y el parque estaba en todo su esplendor. Nada de este día me hubiera hecho pensar en el día de la tormenta, salvo que precisamente hoy, se cumplía un año.

Salí de casa decidida a dar un gran paseo por la costa y es lo que hice. Cuando llegue al puerto me encontré con una pareja de amigos y decidimos entonces comer algo por esos alrededores. Luego, la sobremesa se alargó. Volvía a casa por el mismo camino, eran casi las seis de la tarde.

Antes de alcanzar la puerta de mi casa, divisé que había algo apoyado junto a ella, según me acercaba distinguí. Parece… ¿un ramo de flores? Y sin darme tiempo a pensar nada más, mi corazón da un vuelco y mis piernas empiezan a temblar.

Un ramillete de margaritas blancas, evidentemente de floristería, envueltas en un precioso papel de seda color verde manzana y atadas con un cordón de ese mismo color. Recojo las margaritas y solo puedo pensar en él.

¿Quién podría ser sino? Sería una burla desagradable si precisamente hoy, mi hijo u otra persona decidiera hacer ese gesto, o quizás era una confusión y las flores no eran para mí. Seguiría siendo una burla en cualquiera de los casos que esas margaritas no viniesen de él.

Las manos me temblaban y no conseguía encontrar mis llaves en el bolso. Por fin las toco y tiro de ellas, elijo del manojo la de entrar en casa y miro las margaritas que las tengo en mi regazo.

Veo entonces que hay un sobre en el interior, un sobre de tamaño normal y del mismo color que el papel. No atino a abrir y las llaves se me caen. Saco el sobre de entre el ramillete y lo miro. Nada identificativo, todo verde manzana. Recojo las llaves del suelo y abro la puerta de mi casa.

Me voy directamente al estudio y dejo el ramillete en el escritorio, con el sobre de la mano me acerco al ventanal y miro. Miro con la esperanza de verle, pero no le distingo entre varios padres con niños y algún que otro deportista. Me centro en la zona infantil, en el banco donde él estaba sentado, ahora hay un abuelo y una señora mirando al grupo de niños que se cuelgan por todos los columpios.

Si está, no le veo, no le distingo. Decido salir a mirar, a buscarle, pero me vuelvo a fijar en el sobre y las dudas vuelven a mi cabeza. Igual… esto no es para mí. Abro el sobre y saco el folio que hay en su interior. Una carta escrita a mano:

“Hola Ana, supongo que ese es tu nombre, eso pone en el buzón.

Soy Ángel, el hombre que precisamente hoy, hace un año amparaste de una gran tormenta refugiándolo en tu casa. Supongo… que ya sabes quién soy.

Te he esperado desde la una y no me puedo quedar más tiempo. Por eso, he decidido escribirte unas palabras.

Me fui sin despedirme de ti y no me lo puedo perdonar. Sin embargo, debo decirte que hasta pasados unos meses fui incapaz de volver a pensar en ti, de caer en la cuenta de todo lo que tú hiciste por mí ese día.

Estaba totalmente desorientado y es por eso que hasta hoy no he encontrado tu casa. He vuelto a esta zona en un par de ocasiones, precisamente para buscarte, encontrarte y poder verte y hablar contigo. Pero no di con tu casa, ahora lo entiendo, está muy apartada del pueblo.

Hoy mi mente se despejó y recordé, así, sin más, sin ni siquiera haberme fijado antes en ese detalle. Recordé mágicamente el nombre del parque donde me encontraste. Tú me lo dijiste aquel día. Es así, que preguntando por el parque he dado con tu casa.

Tengo tanto que decirte, tanto que explicarte, tanto… que se me agolpa y me cuesta poner en orden. De todos modos, al menos lo esencial quiero expresarlo porque no sé qué pensarás de mí al haberme ido sin una palabra. He intentado ponerme en tu lugar y te he imaginado muy frustrada, supongo que también preocupada y por supuesto enfadada.

Ese día estaba totalmente en shock. Llegué al hospital Center a la una de medio día, la policía había llamado a mi ex mujer comunicando que mi hijo estaba en el hospital a causa de un grave accidente. No pude enterarme de más hasta no llegar al hospital.

Cuando llegué, después de casi tres horas de viaje, me comunicaron que Sergio, mi hijo, había salido a dar una vuelta con otro chico por los acantilados. Se calló de uno de ellos al mar, golpeándose su cabeza contra una roca. Murió en el acto. Mi hijo tenía doce años y estaba de campamento.

Estaban en el camping de Soma,  con el grupo de los “Brigadas Juniors” un grupo dedicado a deportes de mar y montaña.

Imagínate recibir la noticia, su madre no llegaba hasta el día siguiente, se encontraba en un congreso en Canadá y tuvo que buscar corriendo vuelos para venir; eso, sin saber que nuestro hijo ya había muerto.

El caso es, que con las prisas de ver a mi hijo cuando llegué, olvidé mi teléfono móvil en el coche y después del shock de la noticia, una hora y pico después, fui a buscar mi móvil para llamar a su madre y al resto de la familia.

No sabía cómo decirle a su madre lo que pasaba, no entendía nada. Allí no había nadie del campamento de mi hijo, por lo visto se habían ido hacía un rato y pensaban volver por la tarde. Me encontraba solo con toda esa situación

Cuando estoy en el coche, con el móvil de la mano, intento pensar en que palabras utilizar, intento pensar, pero no puedo. Busco su contacto y le doy a llamar, su teléfono responde que está apagado o fuera de cobertura.

A los pocos minutos me entra una llamada de un contacto desconocido, descuelgo y me dice que es el Sr. Cospedal, el jefe de mi ex mujer. Que sabía que ella se iba de allí esa misma tarde porque nuestro hijo había sufrido un accidente grabe.

Yo solo le contesté que era cierto, ni siquiera reparé en pensar en porque me llamaba él, entonces me pregunta: ¿Cómo está su hijo?  Y le respondo que necesito hablar con Carmen, la madre de mi hijo, que primero debo hablar con ella. Entonces el Sr. Cospedal me comunica, que lo lamenta muchísimo, pero Carmen acaba de ser envestida en no sé qué carretera por un camión y que se la ha llevado la ambulancia en estado grave. Murió a los dos días.

Te confieso que me quedé tal cual sentado en el coche, creo que estuve así posiblemente más de una hora, sin hacer nada, sin llamar a nadie, sin llorar, sin reaccionar. Mi hijo, su madre, no podía comprender nada.

Pasado ese tiempo un chico me golpea la ventanilla y me pregunta no sé porque calle, le dije que no era de aquí, que no sabía, entonces saca una pistola y me manda salir del coche. No le hice ningún caso, no le presté la más mínima atención. Puedo decir ahora, que no era consciente de la situación en la que me encontraba.

El chico abre entonces la puerta de mi coche y me vuelve a decir algo, como no le contestaba, ni reaccionaba, me agarra del brazo y tira de mí. No opuse ninguna resistencia, salí del coche sin prestarle atención, sin enterarme de lo que ocurría. Ese chico arrancó el coche y me dejó allí de pie, en el aparcamiento, en medio de una lluvia torrencial.

Se llevó el coche con mi documentación, mi móvil, mi cartera… todo, y yo, no opuse resistencia. Lo cierto es que no fui consciente de que eso estaba sucediendo.

Me puse a caminar, hasta que me cansé y me senté en un banco. En el banco que tú me encontraste. El resto de la historia ya la conoces.

Salí de tu casa sobre las cuatro de la madrugada, con tanta suerte que un taxi estaba dejando a unos vecinos tuyos, le pedí que me llevara al hospital.

Me gustaría mucho hablar contigo de todo lo que ocurrió luego, me quedan cosas por decirte, muchas. Cosas por preguntar, también muchas. Pero no creo conveniente hacerlo por carta, ni tampoco por teléfono. Me gustaría muchísimo verte.

El mensajero ha dejado las margaritas a las cinco y media de la tarde en la puerta de tu casa, aún no estabas. Ojalá llegues enseguida y puedas verlas y leer estas letras. Si es así, me gustaría que me llamases para saberlo y también para charlar y quedar en vernos.

Espero con impaciencia.

Ángel    658 110311»

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