Cuento de Mari Castaña

A mi abuela le gustaba contar historias y cuentos de Mari Castaña, pues eso era lo que me decían cuando me preguntaban ¿y eso, dónde lo has oído? ─Me lo contó mi abuela ─respondía yo, para dar a entender que era cierto, que con esa respuesta ya no había duda de lo que decía era irrebatible. Pero entonces me venían con lo de Mari Castaña, que por supuesto, tenía un significado despectivo que yo, a pesar de mi corta edad entendía muy bien.

No eran más que tonterías, cuentos para niños, fantasías de una vieja.

Mi abuela hubiese sido una gran lectora y quien sabe, puede que también una gran escritora, aunque fueran cuentos de Mari Castaña. Pero mi abuela no sabía leer, ni escribir, firmaba con su inicial “G” y una X.

Lo cierto, es que de ella no se mucho, no os puedo hablar de sus alegrías que seguro que las hubo y de sus penurias que seguro fueron muchas, pero muchas más. Ni de sus gustos, salvo por el picante y el agrio. No os puedo hablar de sus amores, solo conocí un hombre en su vida, mi abuelo y con él estuvo hasta el final de los días, supongo que unas veces bien y otras mal, porque deseo de todo corazón que no fuera siempre mal. Tampoco os puedo hablar de sus vicios, salvo por el café y el chocolate; sin duda, lo que más recuerdo eran sus historias, sus cuentos y sus trabalenguas.

La recuerdo una mujer tranquila a la que nunca la oí levantar la voz, muy pequeñita, de facciones dulces a pesar de la dura vida y de sus arrugas infinitas. Su pelo corto y canoso desde que tengo uso de razón. Peinada por mis tías para las fiestas o días especiales y el resto… pues como todas, con su pañuelico en la cabeza.

Mi abuela era muy sencilla, como su vida y humilde, sobre todo humilde. No conoció más que su aldea, las tierras, los montes y los pueblos más cercanos. Cuando sus hijos emigraron y volvieron, se establecieron cada uno en una ciudad, entonces conoció las ciudades y sus ojos pequeños y grisáceos se volvieron grandes y azulados.

Vivía como todos vivían allí.  Se abastecían de sus pequeñas tierras esparcidas aquí y allá, unas a las afueras del pueblo o lejos, en los montes. Sus pequeñas huertas, una a la puerta de casa y que recuerde otra al otro lado del río. Un puñado de prados para dar de comer a las vacas, tres o cuatro, que no eran ni de leche ni de carne. Su función era trabajar los campos y como todo en la naturaleza tenía su quid pro quo. Una docena de ovejas para lana, carne y leche, una pareja de cerdos para la matanza, algunas temporadas conejos y gallinas, siempre había gallinas por el patio que me ponían los pelos de punta.

No sé si la gustaban los gatos, creo que sí, no puedo decir los que habían, eran incontables además de intocables y solo una perrita, esa era de mi abuelo y solo iba con él, a los demás nos rehuía.

Mis abuelos tuvieron cinco hijos, tres chicas y dos chicos, por ese orden. La mayor murió antes de cumplir los doce años, eso creo. La casa que yo conocí como la casa de mis abuelos, la construyeron cuando los hijos eran pequeños. De hecho, mi padre recuerda haber dormido durante tiempo en el pajar hasta que la casa se terminó.

Y por variar el orden y porque creo que merece la pena, empezaré a describir la casa por el tejado.

De pizarra, como no podía ser de otra manera, por allí todo es pizarra, en los montes, a orillas de los ríos, por los caminos, en las fuentes, los bancos, los canales de agua, allí llamadas presas y por supuesto, los tejados. Las paredes de piedra, bien encajadas irregularmente unas en otras, haciendo juego con cada muro de separación que te encuentras, bien en las calles, bien en las tierras para delimitar una con otra.

Las ventanas de madera, con sus contraventanas por la parte de dentro también de madera. Al igual que las vigas del techo, tochos de madera revirado sin apenas pulir o dar color. Al igual también, que en el suelo, listones de madera en muchos sitios agujereada o quizás carcomida, sin brillo ni elegancia. Puestos para una función práctica. Las puertas tan sencillas y pobres que no las recuerdo.

Era, es, aunque ya no está igual, una casa de dos alturas que desde el principio fueron dos casas. En ambos pisos había cocina, cocina bilbaína, pero abajo, que era donde hacían la vida mis abuelos, también había una cocina de butano. Fregadero de piedra en ambas y en la cocina de arriba a mayores, un sofá cama viejo y hundido que era donde mi prima y yo dormíamos en verano y dónde establecimos nuestro cuartel general adueñándonos casi por completo de las estancias del piso de arriba. Para eso éramos las mayores.

Es curioso, el piso de arriba era más amplio, pues tenía cuatro habitaciones grandes y la cocina. Abajo, solo estaba la cocina que no era muy grande y una gran habitación que dividieron en dos, quedando una muy amplia y en la otra solo entraba una cama de matrimonio pegada a la pared. Esa era la de mis abuelos.

La parte de abajo era más pequeña porque parte del edificio estaba destinado a cuadras y precisamente por ahí, se accedía al piso de arriba, a través de unas escaleras de madera que daban terror y no por estar en la cuadra, sino porque parecía que se iban a desmoronar de un momento a otro.

El baño, bueno… el baño fue un adosado que se hizo en el patio supongo que muchísimo más tarde que la casa. Por lo que, cuando estabas durmiendo tanto fuera verano o invierno si querías usarlo, bien salías a la puñetera calle para acceder a él o bien te aprovisionabas de los correspondientes orinales de porcelana que luego bajábamos por la mañana todos, a veces en procesión, a vaciar en el baño.

Tuve la suerte de conocer a una inquilina, quizás la última, no sé, de la casa de arriba. Pues tengo entendido que siempre estaba alquilada, salvo en verano, cuando los hijos empezaron a tener su propia familia y necesitaban más sitio para alojarnos a todos. Por allí pasaron unos cuantos maestros y maestras del pueblo y también guardias civiles y hasta al menos, un cura que se le recuerda con mucho cariño y devoción en mi familia, fue el que casó a mis padres.

Los veranos eran largos, calurosos y maravillosos. Durante el día siempre había cosas que hacer. Muchas veces llevaba a las vacas a pastar, bien al prado, bien al monte, y me acompañaba siempre mi abuelo. Pero cuando fui un poco mayor, diez o doce años, ya las llevaba yo sola en muchas ocasiones.

La siega y recogida de hierba Había que segar los prados, de eso se encargaban los hombres, a guadaña, allí no se veían máquinas con motor, todo era manual y rudimentario. Luego se extendía la hierba y al día siguiente se le daba la vuelta para recogerla seca. Lo mejor era cuando se recogía, entonces iba toda la familia. Las vacas tiraban del carro y unos se encargaban de juntar la hierba, otros de colocarla en el carro. Yo, sobre todo siendo muy pequeña, me encargaba de ponerme delante de las vacas con un palo alto, mucho más alto que yo que llamaban guiada. Mi misión era que las vacas no se movieran y lo hacía muy bien.

Otros días se dedicaban al cereal, a su recolecta, otros a regar, tanto prados como huertos. Entonces se levantaba uno muy temprano, aún de noche, para ir a buscar el agua y conducirla hasta tu tierra.

Mis tareas casi siempre eran las mismas, aunque a veces cambiaban un poco. Por la mañana con las vacas, luego comía en casa y la tarde la tenía libre. Eso sí, antes de anochecer tenía que ir a recoger a las ovejas y guardarlas en la cuadra, las traía todos los días el pastor.

No recuerdo que me obligasen nunca a realizar cualquier tarea, lo cierto, es que a mí me encantaba.

Una tarde preciosa de tormenta, cuando el sol salió de nuevo pero sin tanta fuerza, porque ya empezaba a ser tarde; el olor era poderoso, te atrapaba para dejarte en un estado de ensoñación del que no querías despertar. El olor a tierra mojada, a hierba, árboles y frutas te abrazaba, te mecía y te envolvía, dando lugar a la situación más idónea para soñar despierto.

El color del paisaje cambió por completo, todo mojado, húmedo. La tierra, las piedras, las pizarras, la hierba, las flores, los árboles, el contraste en los montes del verde de su hierba y el negro de sus rocas. El valle inundado de infinitos reflejos con la luz del sol, todo parecía pintado por un niño pequeño que exageraba los colores, los contrastes; consiguiendo una luz embrujadora que te hacía mirar y admirar en silencio.

Absorta estaba en todo ello, en mi estado de ensoñación hasta que oía hablar a la Señora Sara.

Allí estaban como cada atardecer, sentadas en el banco de pizarra, seco ya, por supuesto, de la lluvia caída hacía más de una hora. Cada tarde, cuando el sol ya no apretaba tanto, llegaba la Sra. Sara y se sentaban ella y mi abuela en el banco debajo del peral; enorme peral que nos sirvió de numerosos juegos a todos los primos. Como digo, se sentaban y hablaban y hablaban y hablaban.

Estaba acostumbrada a verlas, conocía sus costumbres y yo, muchas veces pululaba por ahí a la espera de ir por las ovejas o simplemente jugando, o con mi prima, y siempre las oía hablar y hablar, aunque nunca presté atención a lo que decían, entre otras cosas, porque cuando estaban ellas en lo suyo, hablaban demasiado rápido y el dialecto cerrado se les disparaba y no entendía casi nada. Pero ese día entendí, y escuche.

Mi abuela, hasta años más tarde, nunca supo que yo había escuchado aquella conversación y que, además me había impactado. Pues años después, le pedí que por favor me la volviese a contar y me disipara las dudas que tenía. Aquellas que cuando hablaban ellas, daban por hecho sin decir y, las dos entendían sin falta de detallar o comentar y a mí, me faltaban esos datos para entender el suceso según ellas lo vivieron.

Bueno, pues ahí estaban mi abuela y la Sra. Sara habla que te habla y yo un poco más apartada, sentada en una banqueta de madera, escuchando con interés a la vez que me comía un buen trozo de hogaza con un gran trozo de chocolate negro que se hacía en aquella zona, en otro pueblo no muy lejos. Mis sentidos estaban en aquella historia cuando oímos que alguien se acerca y las tres nos giramos hacia unas voces masculinas que nos dicen ─Buenas tardes señoras ─¡madre mía! Era una pareja de Guardia Civiles.

Me impresiono verles, no porque nunca les hubiera visto, no. Simplemente que verles entrar por el camino hacia el patio en lo que era sin duda propiedad de mis abuelos me impactó, pues a pesar de ser una niña, más bien ya una adolescente, sabía que su presencia allí implicaba algo, no era pura cortesía, ni una visita inesperada o casual.

─Un vecino ha formulado una denuncia en la que asegura que aquí se cultivan plantas estupefacientes ─eso dijeron y no esperé a escuchar más, como alma que lleva al diablo subí enseguida a mi cuartel general a buscar a mi prima que estaba leyendo tranquilamente y le comuniqué el suceso. Ella buscó al resto de los primos que andaban por el pueblo para contarles el acontecimiento.

A mi abuela la conocían en toda la comarca, no por nada especial, simplemente porque ella era de allí y allí había vivido siempre, sin destacar sobre sus vecinos, una más, pero yo también sabía que era conocida por sus flores.

Detrás de ese banco de pizarra  que había debajo del peral, se habría una extensión de tierra, de poco más de 900 m2 que se utilizaba para huerto, en todo el perímetro de esa extensión mi abuela plantaba, cuidaba y mimaba gran variedad de flores.

En la víspera de cualquier fiesta, bien la del mismo pueblo o pueblos cercanos siempre se pasaba gente por allí para llevarse cantidades de ramos y así decorar sus iglesias. Todo esto lo hacía mi abuela desinteresadamente, pues era su pasión y su orgullo.

Una temporada atrás, mis abuelos fueron a visitar a unos familiares de otra comarca, pues les habían llegado noticias que el hombre, hermano de mi abuelo, se encontraba muy enfermo.

Es allí donde mi abuela vio unas flores que conocía pero, nunca había visto que sus flores pudieran ser blancas o violetas. Le impresionaron mucho y quiso entonces saber cómo podía hacerse con alguna. La mujer del hermano de mi abuelo, le mandó tiempo después unas semillas.

Por supuesto, las plantó en la huerta, las cuidó y las mimó y cuando llegó la prole en verano a su casa, las enseñó a todos sus hijos con orgullo, a los nietos no.

Y es así, como dos semanas antes de llegar esos Guardia Civiles, se presenta unos de mis primos en nuestra cocina, cuartel general y nos dice, ─La abuela tiene plantado opio en la huerta.

─¡Qué! ─contestamos incrédulos y allá nos fuimos todos a ver las plantas y decidimos entonces como proceder. Aquella era una oportunidad fascinante que no podíamos desperdiciar.

Así fue como empezamos a buscar información de cómo podíamos utilizar la planta a nuestro propósito y al final, como fue imposible encontrar información en el pueblo, nos resignamos y a hurtadillas fuimos haciendo pruebas.

La diseccionábamos y nos íbamos preparando infusiones con sus diversas partes, al final con todas ellas juntas porque no notábamos ningún efecto.

Por supuesto, mi abuela no entendió lo que aquellos Guardia Civiles le decían y contestó con una pregunta, ¿Qué cultivamos plantas que? Entonces ellos le explicaron para que ella comprendiese y ella dijo, ─pues aquí solo hay hortalizas, flores y árboles frutales. Pueden Ustedes mismos verlo, ¡anden, anden hasta dentro y lo ven!

Es así, como mi abuela se enteró del nombre de aquellas flores tan bonitas y es así como la pareja de guardias civiles las arrancó todas. Fin del acontecimiento, pues a mi abuela no le ocurrió nada, salvo si tuvo que pagar alguna multa, de eso sus nietos nunca nos enteramos. Y es así como fue interrumpida aquella conversación entre la Sra. Sara y mi abuela que años más tarde me detalló. Pero eso, es otra historia.

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