HOTEL VISTA BELLA **

Completamente desnudo, tirado en la hierba boca abajo, abierto de piernas y brazos y con una pistola en su mano derecha. Nada alrededor de él; ni ropa, ni calzado, ni enseres, ni tan siquiera un árbol hasta dónde alcanzaba la vista. Tan solo un hombre desnudo en medio de la nada y tendido en la hierba con una pistola.

Su cuerpo blanco ceniza, su hedor insoportable. Comido su antebrazo izquierdo y su muslo derecho, y de su cabeza… ni rastro, decapitado. Llevaba muerto tres días.

Ángela no podía quitarse esa imagen de su cabeza, ya habían pasado cuatro días desde el suceso y lo único que había averiguado es que ese hombre era un turista, alojado con su pareja en Vista Bella, el hotelito de su hermano Julián.

El día del suceso había subido a aquellas lomas muy temprano por dos motivos. El primero, es que no soportaba la presencia de Marcos, su marido. La noche anterior había llegado borracho, no era la primera vez, y sin ton ni son, la emprendió con la alacena del comedor; su escusa era que la cena estaba demasiado fría.

 El segundo motivo, es que en esas lomas nace espontáneamente la mejor manzanilla de la comarca y quería recoger un buen puñado. Aun así, debía darse prisa, pues no tenía que servir desayunos, pero si quedarse en la recepción del hotel toda la tarde. Ángela trabajaba en el hotel un poco para todo, pero sobre todo para preparar los desayunos y los bizcochos que se ofrecían a los clientes a cualquier hora del día.

Encontró al hombre decapitado sobre las once de la mañana, más o menos, no tenía reloj, no sabría decir. Justo lo que tardó en bajar hasta el pueblo y avisar. Eso sí, el camino de subida le llevó, seguro, más de una hora; el de vuelta, fue como un suspiro que la dejó abatida, muy cansada y al borde del colapso en su viejo y ya castigado corazón.

Llegó Julián con la prensa de la mano cuando Ángela se afanaba en terminar el bizcocho de naranja y yogur, el bizcocho de manzana que se sirvió en el desayuno fue todo un éxito.

—Hablan del hombre decapitado —le dice Julián a su hermana acercándole la prensa.

Y Ángela lee:

“El cuerpo sin vida encontrado el martes pasado por una vecina de Caravista, comarca de Las Encinas, corresponde a un hombre,  que responde a las iniciales CCP de nacionalidad portuguesa y 37 años de edad. Se encontraba de vacaciones acompañado por APS y alojados en un hotel de la zona.

Todas las circunstancias que rodean la muerte de este hombre son un rompecabezas. Se halló a cinco kilómetros del pueblo de Caravista, en la loma del monte Penique a 695 m de altitud. Decapitado, desprovisto de toda ropa y enseres, medio comido por las alimañas y con una pistola de la mano.

Llevaba tres días muertos sin que nadie denunciara su desaparición, hasta ayer. La identidad del hombre es el único dato nuevo que la policía confirma y después de cuatro días barriendo la zona, piensan que la cabeza se la ha podido llevar el agresor. Aun así, el dispositivo de rastreo estará activo un par de días más.”

—Solo puede ser la pareja de la 128 —comenta Ángela pensativa —.Solo hay dos hoteles en esta zona y el más cercano al suceso es este. Salvo la familia Campos que está con su hijo, los demás clientes vienen sin pareja, están trabajando en la autopista nueva —le dice Ángela a Julián analizando la situación.

—Tú siempre sacando conclusiones, para eso está la policía Ángela.

—Ya, claro. Pero… yo no he vuelto a ver al hombre de la 128. Desayunaron juntos el primer día y… la verdad es que desde entonces no le he vuelto a ver, ¿tú sí? Además, creo que las iniciales corresponden con la 128.

—Si tú lo dices. Tenemos demasiado jaleo, el hotel está lleno por los trabajos de la autopista, no me he fijado en todos los clientes. Aunque… sí en ella, porque pasa por delante de mí como si fuera invisible, y…—Julián se calla y mira a su hermana abriendo mucho los ojos, Ángela instintivamente lleva su mirada hasta la puerta y entonces la ve.

La mujer de la 128 acaba de hacer su aparición en la recepción del hotel.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —contestan Julián y Ángela a la vez.

—¿Sería posible comer algo? Un bocadillo estaría bien, cualquier cosa —pregunta la mujer.

—Pues claro, se lo podemos hacer de jamón, de tortilla… —contesta Julián, pero es interrumpido por la mujer que le dice:

—Me da igual, lo que les sea más cómodo. Llevo todo el día sin comer y estoy algo desfallecida. Me servirá lo que sea, cualquier cosa que ya esté preparada. ¿Podrían subírmelo a la habitación? Es la…

—128 —dice Ángela interrumpiendo.

—Sí, la 128. Gracias —confirma la mujer mientras se dispone a irse. Entonces Ángela vuelve hablar:

—¿Le hacemos también un bocadillo a su acompañante?

La mujer se frena en seco y tarda unos cuantos segundos en darse la vuelta. Julián se queda blanco mirando a su hermana y a Ángela le han subido los calores hasta la mismísima cabellera. Por fin se da la vuelta. Mira fijamente a Ángela y le dice:

—Llevo prácticamente un día entero en comisaría, y tengo hambre. El hombre decapitado, que si no me han informado mal, has encontrado tú, es mi pareja. Por lo que sin cabeza, ya me dirás como se va a comer un bocadillo.

Julián y Ángela se miran alucinados, no encuentran palabras, los dos se han quedado mudos. La mujer se da la vuelta y se va.

Los hermanos se vuelven a mirar y entonces Ángela, como alma que lleva el diablo se va a la cocina a preparar el encargo. Minutos más tarde…

Llaman discretamente con un par de golpes a la puerta 128.

—Adelante.

Ángela entra en la habitación con una bandeja y dice:

—Quería disculparme. Me ha podido la curiosidad y no porque fuera a sospechar de Usted…. Simplemente, sospechaba que el hombre que encontré pudiera ser su pareja. No he pretendido insinuar… Bueno, soy una bocazas, lo siento.

—Ya lo sé mujer. Perdóname tú a mí, pero es que… ya no puedo más —dice la clienta 128 en tono de comprensión y también con gesto de abatimiento mientras se deja caer sentándose en la cama.

Está muy seria, mirando la tarima del suelo fijamente. Entonces, se lleva las manos a la cara y empieza a llorar.

Ángela no sabe qué hacer, aún tiene la bandeja de la mano y se queda paralizada.

Al fin reacciona y deja la bandeja en el aparador, se acerca a la mujer y le dice:

—Creo que está demasiado cansada. Le he traído un buen bocadillo de tortilla de patatas, además de un riquísimo bizcocho que he preparado hoy mismo, y si quiere le puedo subir un café, alguna infusión, leche, o lo que necesite para dormir un poco.

—Gracias —contesta entrecortadamente sin parar de llorar.

—No hay de qué. Venga, comience a comer.

La mujer de la 128 no puede parar de llorar y Ángela le acerca una mesita con la bandeja y se sienta a su lado, la vuelve animar para que coma.

—Cuando se entere de esto mi marido…

—¿Pero… su pareja no era su marido? —pregunta Ángela sin pensar. Había decido no molestar a la mujer con preguntas, pero no podía evitar adelantarse a preguntar sin pensar antes en su decisión.

—Bueno, ya no estoy casada. Me divorcié hace catorce meses, pero es la costumbre de llamarle así. Mi acompañante es… bueno, era. Era mi pareja actual y qué voy hacer ahora… aún no me lo puedo creer. Carlos muerto, decapitado. ¡Ay Dios! ¿Pero… por qué?

—¿Saben ya quién mató a su pareja? —se atreve a preguntar Ángela.

—No. No sabemos nada. Nada de esto tiene sentido, estábamos de vacaciones. No me puedo creer que esto me esté pasando. Por mi parte sólo mis padres saben que estamos aquí y por la de Carlos… supongo que su hermano. ¿Sabes? pensé que me había abandonado, estaba segura de ello, no se me pasó por la cabeza…

Se fue la tarde del sábado muy enfadado, habíamos discutido y no le volví a ver. Me dijo que si no iba a denunciar a mi exmarido, él no volvería a dar la cara por mí. Que ya no aguantaba más, que si le seguía queriendo a él, que si… —la congoja se apodera de la mujer y no deja que pueda terminar de hablar. Después de unos minutos se vuelve a calmar un poquito, Ángela no dice nada, no sabe que decir y solo se queda a su lado. La mujer vuelve a hablar:

—Nos vinimos para descansar de tantas amenazas, cansados de que nos siguiera a todas partes, desesperados. También necesitábamos poner en orden nuestra relación, estaba demasiado tocada con mi exmarido en medio.

—¿Esto lo sabe la policía? —pregunta Ángela

—Claro que sí. Ya le han interrogado y tiene coartada. Él no ha podido ser.

—Bueno, todo se sabrá. Lo mejor ahora es que comas algo y si necesitas que llamemos a alguien de tu familia, o… cualquier cosa, me lo dices. Pero creo que lo importante ahora es que comas y descanses —Le dice Ángela viendo el cansancio, sobre todo en sus ojos y viendo la impotencia que se apodera de esa mujer. Le acerca la comida y poco a poco, entre lágrima y lágrima consigue que se lleve algún bocado a la boca.

Ángela no puede evitar ver en esa mujer algo de ella misma. Es cierto que se la veía abatida y cansada, también se la veía desbordada por los acontecimientos que estaba viviendo. Sin embargo, también nota rasgos de inseguridad, de angustia, de soledad, de tristeza y de culpa. De cierta manera, siente que debe ayudar a esa mujer. De cierta manera, siente que esa mujer le trasmite un montón de sentimientos que ella padece o ha padecido. Sigue animándola para que coma y en un intento de entretenerla empieza a hablar.

—Tengo bastantes más años que tú y he visto como el mundo ha avanzado, muchísimo diría yo. Pero los hombres se siguen comportando igual. Cuando tenía más o menos tu edad, yo también me plantee separarme. Al final no lo hice, él no me hubiera dejado en paz nunca.

Hace años que ya no me toca, ni para sobarme o desahogarse como un puerco encima de mí, ni con sus puños y patadas sin mirar ni tan siquiera donde me daba.

—Pero eso es horrible, mi exmarido nunca me puso la mano encima —dice la clienta 128 mirando fijamente a Ángela.

—Pues me alegro, de verdad. Pero no te engañes, te está acosando, no te deja hacer tu vida. Por no sé qué motivo se creen en ese derecho. No soy quien para dar consejos que ni yo misma he seguido, pero si no le has denunciado, sigues sometida a él. ¿Por qué no has denunciado a tu exmarido?

—Lo hice una vez, hace seis meses, pero… intentó suicidarse. Acabé retirando la denuncia. No sé qué pensar, no puedo con esto —responde la clienta 128 echándose de nuevo a llorar.

Cuando Ana, la clienta 128, parecía estar un poco más tranquila, llaman a la puerta de la habitación y Ángela se levanta para abrir.

—Ángela, tienes que bajar a recepción ahora mismo —Le dice Julián con cara desencajada a su hermana.

—Solo un momento Julián, la dejaré descansando y ahora mismo bajo.

—No. Es la policía, han detenido a Marcos, tu marido. Han encontrado la cabeza en el pozo de la cabaña que tenéis al otro lado del monte Penique.

Dos días después de la detención de Marcos, la policía encajó todo el puzle y pudo demostrar los hechos según ocurrieron.

Marcos tenía contraídas varias deudas por el juego y unas semanas atrás, en su desesperación por conseguir dinero, puso varias propiedades a la venta. En realidad, todas las propiedades que tenía, incluida la vivienda conyugal. De esto, Ángela, no sabía nada.

Una semana antes del horrible suceso, la inmobiliaria le notifica a Marcos que hay interesados en algunas de sus propiedades. Finalmente, Marcos consiguió vender el pequeño terreno en Penique que incluía una cabaña, un pozo y utensilios de labranza.

Se confirmó que la venta fue realizada a Félix Del Rio González, divorciado desde hacía catorce meses de Ana Pastor Sinovas.

Félix siempre había tenido la contraseña del correo electrónico de Ana, algo que ella, por supuesto, no sabía. Es por ese medio, que se enteró que Ana y Carlos tenían reservado hotel en Caravista, para pasar allí diez días. Por lo que empezó a tramar su plan.

Félix estaba convencido que Ana seguía enamorada de él, ¿por qué sino iba a estar ella preocupada cada vez que él amenazaba con suicidarse? Además, cuando él insistía en querer verla, ella siempre acudía a su encuentro. Ese hombre se había interpuesto entre ellos.

Seis meses llevaba con él y desde entonces, Félix se estaba volviendo loco. Tenía que hacer algo. Tenía que darle un buen susto, lo suficiente para que se alejara definitivamente de ella, y a la vez, abrirle los ojos a Ana. Tenía que darse cuenta que solo él la quería de verdad.

Encontró lo bastante apartado del pueblo la cabaña que se vendía, aunque él intentó solo alquilarla, pero el dueño no aceptó. Sin embargo, consiguió un más que ventajoso descuento. El dueño necesitaba dinero rápido.

El resto del plan fue fácil. Carlos salió del hotel andando, camino del pueblo. Iba enfadado porque acababa de discutir con Ana. Habían recibido un mensaje nuevo de Félix en el móvil que decía: «Hola pareja, ¿cómo os va? Se os echa de menos por aquí. Estoy pensando que quizás, como ya sé dónde estáis… me deje caer por ahí. ¿Qué os parece?»

Cien metros separaban el hotel del pueblo, y antes de que Carlos llegase a Caravista, Félix le abordó, le amenazó con un arma y consiguiendo que entrara en su coche. Lo llevó hasta la cabaña atado y amordazado.

Durante el camino, sintió una repugnancia incontrolable hacia ese hombre. ¿Cómo se pudo dejar coger, cómo se podía dejar humillar, qué clase de hombrecillo era? Ni siquiera se defendía, suplicando que no le hiciera nada, que le dejara irse, que no diría nada a nadie, que haría lo que quisiera.

Era un puñetero cobarde, ¿cómo podría defender alguna vez a Ana? Ese hombre le daba asco.

Cuando llegaron a la cabaña, le saca del coche y mira a su alrededor, no soporta lo ruin y cobarde que le parece, y sin más cambia de planes. Se fija en un enorme tronco para cortar leña, acerca a su víctima hasta él y lo arrodilla, le pone la cabeza sobre el gran tronco, y con el hacha que había al lado, le decapita y echa su cabeza al pozo.

Lo envolvió en unas cuantas mantas y metió su cadáver en el maletero del coche, después de un gran trayecto por caminos casi intransitables con el vehículo, se echó el cadáver a hombros y caminó varios kilómetros, lo llevó lo más lejos que pudo. Le desnudó, puso una pistola en su mano y se marchó.

Por otro lado, también fue fácil desmontar su coartada. Le había pagado dinero a una prostituta para que testificase que paso un par de días con él, en concreto, el mismo día del suceso y el posterior.

La pistola no estaba registrada y además nunca había sido disparada. No se pudo demostrar de quien era y ese… es el único caso sin resolver de esta historia.

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